¿Y después de la crisis?

Rosa Tock Quiñónez | Política y sociedad / PERISCOPIO

Indudablemente, las reacciones a las crisis políticas no pueden ser siempre predecibles. «Toda crisis impone su propio desconcierto», apunta el coordinador del medio digital Plaza Pública, Enrique Naveda, en uno de los ensayos mejor elaborados para entender las recurrentes crisis políticas en Guatemala, así como a las élites empresariales y su papel en la corrupción.

Así, algo que encontré a priori desconcertante fue la relativa calma que vivió el país luego de otra crisis institucional creada a finales de agosto por Jimmy Morales y adalides, para escapar de la justicia y deshacerse de la Cicig y de su actual comisionado, Iván Velásquez. En comparación con las jornadas cívicas de 2015 y el paro de septiembre el año pasado que exigía la renuncia de Morales, la capital y las cabeceras departamentales se mantuvieron al inicio apaciguadas con expresiones de protesta más bien esporádicas y contenidas.

Pensaba que la ciudadanía no miraba con urgencia la magnitud del problema. Creí que la intimidación del presidente acuerpado por militares en la conferencia de prensa, así como la convocatoria de religiosos contra el aborto y la diversidad sexual –temas implantados que causaron mayor polarización y división–, habían privilegiado lo emotivo-religioso sobre lo cívico-político.

Pero dos semanas después del anuncio de Morales, las muestras de descontento popular ya no se han hecho esperar. Parafraseando aquella famosa pancarta del 2015, a la gente le han quitado todo, hasta el miedo. A pesar de la intimidación por el excesivo despliegue de fuerzas del orden, detrás de las cuales el presidente se atrinchera, la movilización social ha tomado distintas características desde inicios del «mes patrio»: la labor de las organizaciones estudiantiles encabezadas por el nuevo liderazgo de la AEU; la iniciativa de algunos ciudadanos de a pie (como el joven inmigrante que ocupó por algunas horas la plaza central), y el grupo de abogados que han tratado de impugnar las determinaciones del presidente desde esa infame conferencia que ha puesto la institucionalidad del país en vilo. Lo mismo se puede decir de los escolares que en Quetzaltenango desfilaron e hicieron suyos los llamados de otros ciudadanos para mostrar su descontento hacia el presidente.

El frenesí, la agitación, y las convocatorias a marchas pacíficas también se están descentralizando y los colectivos indígenas y sociales siguen tomando el liderazgo fuera del perímetro urbano. Es positivo también observar que de las movilizaciones de hace tres años, pareciera haber una politización más sostenida e intencional por parte de los participantes. Con el apoyo de militantes más veteranos, han incursionado en la política partidista proyectos como Grupo Semilla, y de igual forma prosigue su lucha Codeca, tratando de concientizar a la ciudadanía sobre las condiciones y demandas en el campo, así como proponiendo un nuevo pacto social.

Pero la apatía por la democracia y otras formas de organización que devengan un contrapeso constante a las fuerzas dominantes de la economía y la narcopolítica parecen ser sobrepasadas por otras urgencias y prioridades que no son de signo (todavía) estratégico y las cuales el actual gobierno ha abandonado en su afán por granjearse una guerra contra Cicig. La generación de oportunidades de empleo digno; la provisión de servicios equitativos de salud, educación, y vivienda; la atención a la niñez y la juventud, y el desarrollo económico inclusivo siguen siendo tareas postergadas y que recrudecen ante este tipo de crisis.

Como apunta Naveda, las movilizaciones sociales son solo una parte y una primera fase de la recomposición del sistema que, a la fecha y menos en la presente «disyuntiva», es todavía difícil de predecir. ¿Qué figura adoptará más allá de la lucha contra la corrupción? ¿Qué pactos surgirán de estas crisis recurrentes? Según Naveda, podría ser una reformista o una refundacional. Como sea, el descontento tendrá que canalizarse de alguna forma, a solo pocos días de saberse la resolución de la Corte de Constitucionalidad respecto a la decisión de Morales de negar la entrada al comisionado Velásquez.
A eso hay que agregar que las agendas, las movilizaciones y las narrativas del cambio están todavía por (re)definirse cuando las elecciones a presidente de la Corte Suprema de Justicia, a Contralor General, y la convocatoria a elecciones generales se encuentran a la vuelta de la esquina.

El amor después del amor, tal vez, dice Fito Paéz. Pero aquí cabe preguntarse ¿la crisis después de la crisis? Tal vez.


Fotografía por María Gabriela Mazariegos.

Rosa Tock Quiñónez

Politóloga y especialista en políticas públicas. Nací en Guatemala y ahora vivo en Minnesota, Estados Unidos. Desde hace varios años trabajo en el sector público, dedicada a la tarea de estudiar, analizar y proponer políticas públicas con el propósito de que la labor del gobierno sea más incluyente, democrática, y fomente una ciudadanía participativa.

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