Tres suecos

-Jaime Barrios Carrillo-

Tres relatos que tratan de algún sueco, de tres escritores diferentes, me han llamado la atención por sus temáticas coincidentes, es decir, el personaje central de los tres cuentos es un sueco que se encuentra en el extranjero y también por los respectivos finales trágicos o desgraciados. Además, he observado algunos arquetipos que muestran las ideas -a veces prejuicios- que pueden haber en diferentes países y épocas sobre los suecos: grandotes, amables, flemáticos.

Me refiero a Los asesinos de Ernest Hemingway, El sueco de otro Ernesto, solo que nicaragüense y de apellido Cardenal y finalmente el relato corto El centenario de Augusto Monterroso.

Comenzamos con The Killers o Los asesinos por razones no solo cronológicas -publicado en 1946-, sino por ser un relato emblemático. Hemingway se perfila con este y otros cuentos como un gran maestro del género. Hay canon que perdura: las dos historias paralelas, el lenguaje indirecto y los diálogos impecables.

A pesar de la brevedad del relato y de la economía textual, Hemingway en este cuento presenta nada menos que siete personajes, a los que se les podría sumar dos «extras» que son dos clientes que ingresan al restaurante. Pero el protagonista o personaje central es un sueco, del cual se habla mucho en la narración aunque aparece apenas lo suficiente. The Killers capta magistralmente las dudas humanas y las conflagraciones de la existencia entre el destino, el azar y la voluntad.

Recordemos que dos gánsteres llamados AI y Max llegan al pequeño poblado de Summit en Illinois, buscando para matarlo al sueco Ole Andreson, al cual describen como «un sueco grandote». Ingresan con actitud de matones y provocadores a un comedor local -Henry´s- atendido por su dueño George. Un negro de nombre Sam es el cocinero y un muchacho, Nick Adams, se encuentra también en el establecimiento. Todos conocen al sueco y dicen cosas de el mismo. Después de cenar y tras haber de hostigado a George y maltratar a Sam y a Nick Adams los sicarios se largan del establecimiento para seguir la búsqueda de Ole Andreson, quien vive en la pensión Hirsch, administrada por una mujer de la cual nunca sabremos el nombre pues Hemingway no lo proporciona. Nick Adams ha ido voluntariamente a prevenirlo, pero el sueco tirado totalmente apático en su cama no piensa hacer nada por evitar que lo asesinen. «Estoy harto de escapar» le dice al muchacho. Por la administradora el lector se entera de se trata de un hombre muy amable y por el cual la mujer tiene simpatías. «Es un hombre buenísimo. Fue boxeador, ¿sabías?», dice la mujer a Nick Adams. También le dice que el sueco no ha salido y que es evidente que se siente mal, es decir que el sueco está deprimido. El asesinato no se concreta en el texto pero se sobreentiende y se deduce que inevitablemente sucederá. Nick regresa anonadado al restaurante donde conversa con George. Aquí y así termina el relato de Hemingway:

-Me voy a ir de este pueblo -dijo Nick.
-Sí -dijo George-. Es lo mejor que puedes hacer.
-No soporto pensar que él espera en su cuarto y sabe lo que le pasará. Es realmente horrible.
-Bueno -dijo George-. Mejor deja de pensar en eso.

El poeta nicaragüense creador del exterioriosmo, muchas veces laureado y traducido a muchas lenguas, Ernesto Cardenal, escribió un solo relato que intituló El sueco y que se ha convertido en trabajo frecuentemente antalogado en las compilaciones de cuentos. El relato de Cardenal, escrito en 1950 según refiere el autor aunque publicado en 1965 en Managua por la revista El Pez y la Serpiente, trata la historia del personaje Eric Hjalmar Ossiannilsson quien afirma haber llegado a la pequeña república centroamericanas donde sucede la historia en 1897, buscando una especie de la familia de las Iguanidae, que el sueco considera pariente del dinosaurio. Pero cuenta en seguida el personaje lo siguiente:

El país estaba entonces en revolución y mi aspecto nórdico causaría suspicacias, además de que yo no podía hacerme entender de nadie por desconocer el idioma; aunque es evidente que ninguna de estas causas por sí solas son suficientes para caer preso. Pero, en fin, ya he dicho que es completamente inútil tratar de explicárselo; sencillamente, caí preso.

La historia enmarcada en la prepotencia de un dictador tropical que se ha enamorado epistolarmente de una sueca, Selma Borjesson, reúne dimensiones del absurdo kafkiano con rasgos de la angustia existencial sartriana. Se establece un triángulo insólito entre el dictador enamorado y la sueca que le escribe desde Suecia. El dictador utiliza al sueco, al que mantiene preso sin causa, para que le traduzca las cartas y le conteste a Selma Borjesson. Pero el personaje de la historia, Eric Hjalmar Ossiannilsson, se enamora también de la sueca y se establece una comunicación entre ambos suecos sin que el dictador, que desconoce la lengua sueca, pueda saberlo, ya que Eric Hjalmar Ossiannilsson inventa las traducciones para hacerle creer al dictador que este es correspondido. Ernesto Cardenal se vale de un fino humor indirecto para presentar la melancolía e introversión de los suecos, mediante un accionar descrito en el texto como muy racional y falto de emociones de parte del personaje, que al final es el que escribe escribe la historia en las últimas hojas de papel que le han dado.

Finalmente, tenemos El Centenario de Augusto Monterroso sobre el «malogrado sueco Orest Hanson», publicado en 1953 en México. Monterroso ,en una entrevista, ha resaltado que este microrrelato fue algunas veces confundido con una nota periodística, es decir se llegó a creer que se trataba de un hecho real cuando es un texto de pura ficción, lleno de simbolismos e intertextualidades. El símbolo mayor es el mismo sueco Orest Hanson que a pesar de su gigantismo y vivir como en las nubes, puede caer y desplomarse aparatosamente. También hay una crítica sutil al modernismo y la necesidad de superarlo plenamente como un capítulo terminado de la historia, en la cual también cabe el fin del despotismo ilustrado de Porfirio Díaz. Monterroso hace una parodia metafórica del expansionismo norteamericano mediante la inclusión, apenas referencial, del cirquero Barnum.

La narración tiene lugar en Escandinavia, algunos países europeos o más bien capitales -por ejemplo Londres- y finalmente México en la última década del siglo XIX y la primera del XX:

En 1892 realizó una meritoria gira por Europa exhibiendo su estatura de dos metros cuarenta y siete centímetros. Los periodistas, con la imaginación que los distingue, lo llamaban el hombre jirafa.

La trama, digna del ingenio monterroseano, gira en torno a la codicia material humana. El sueco Orest Hanson es utilizado por su familia para ganar dinero, mostrándolo al público como el hombre más alto del mundo. Pese a su gran estatura el sueco era muy frágil, tanto en lo emocional como en lo físico. Aunque con el tiempo el sueco también asume una actitud de codicia:

Poco a poco en el alma infantil de Orest empezó a filtrarse una irresistible afición por aquellas monedas … En poco tiempo llegó a ser uno de los gigantes más ricos del continente, y su fama se extendió incluso entre los patagones, los yaquis y los etíopes.

Orest Hanson no es desde luego un hombre feliz ,ya que su enorme estatura solo favorece a los que ganan dinero con él. Con su conocido humor e ironía describe Monterroso el alma del sueco: «En el fondo de su corazón sentía especial envidia por los enanos».

Convertido en una celebridad realiza giras internacionales, llegando a México donde se llevan a cabo las fiestas del Centenario. Su nombre aparece en muchos periódicos del mundo, incluso en una supuesta y famosa revista dirigida por el poeta Rubén Darío desde París. Pero un día su nombre pasa al olvido. Algo muy trágico sucede en México adonde había llegado a celebrar las fiestas del Centenario de la Independencia:

Pero a pesar de todas las maniobras que se han fraguado para mantener en secreto las causas que concurrieron a su inesperado ocaso, hoy se sabe que murió trágicamente en México durante las Fiestas del Centenario, a las que asistió invitado de manera oficial. Las causas fueron veinticinco fracturas que sufrió por agacharse a recoger una moneda de oro (precisamente un “centenario”‘) que en medio de su rastrero entusiasmo patriótico le arrojó el chihuahueño y oscuro Silvestre Martín, esbirro de don Porfirio Díaz.


Jaime Barrios Carrillo

Columnista, escritor, investigador, periodista nacido en 1954 y residente en Suecia desde 1981, donde trabajó como coordinador de proyectos de Forum Syd y consultor de varias municipalidades. Excatedrático de la Universidad de San Carlos, licenciado en Filosofía y en Antropología de las universidades de Costa Rica y Estocolmo.

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