Transitar. Moverse. Ciudad de Guatemala.

Mónica Albizúrez | Literatura/cultura / INTERLINEADOS

Uno de los actos más libres es empezar a caminar. Padres, madres, hermanas, hermanos, tías o tíos recuerdan ese gesto del más pequeño: subir los brazos para conquistar el equilibrio y dar el paso. Soltarse. Ir hacia delante. Asumir los riesgos inevitables de la caída. Avanzar.

Evidentemente el movimiento es una de las posibilidades más grandes del ser humano. Poder dirigirse hacia algo que se desea. Traspasar los límites. Conocer nuevos lugares. Ir más allá de las fronteras. O solamente salir cada día, realizar trayectos rutinarios, llegar al trabajo, hacer un mandado, regresar al final del día. O no regresar.

No está de más decir que esos movimientos del día a día son más costosos para algunos, especialmente en ciudades como Guatemala, en donde los minusválidos prácticamente están desvalidos ante la ausencia de las facilidades mínimas. Atravesar la ciudad para ellos es heroico.

El 29 de abril de 2017 murió trágicamente Brenda Domínguez, quien fue atropellada durante la protesta de estudiantes de la Escuela Nacional de Comercio N°. 2. A un año de su muerte, vale la pena pensar qué es la locomoción en Guatemala. Ese derecho es amparado por la Constitución Política y alude, entre otras dimensiones, a transitar por el territorio nacional. El diccionario define el verbo transitar así: «ir o pasar de un punto a otro por vías o parajes públicos». En el plano concreto, ¿cómo se va de un punto a otro en las vías públicas de Guatemala? ¿Cuáles son las experiencias ciudadanas en esos itinerarios, en esos recorridos? Si los movimientos de quienes habitan esa ciudad son los que producen finalmente una identidad del espacio ¿cuál es la identidad de este, sus dimensiones simbólicas?

Las respuestas a las preguntas anteriores pueden articularse en torno a cuatro experiencias. La primera la constituye el carro, como lugar de lucha. Porque para quien lo tiene y debe pasar horas atascado en un tráfico salvaje, intoxica el desasosiego: se sale más temprano y se regresa más tarde. Los niños despertados en la madrugada y con desayuno en mano conforman uno de los cuadros más elocuentes de la disfuncionalidad de una ciudad que llegó a su límite en cuanto al número de automotores. Pero, además, el carro funciona como una cámara oscura. Se conduce desde el vidrio ensombrecido para pasar desapercibido. Afuera está la violencia pura y dura. El afuera se siente como enemigo.

Una segunda experiencia es el transporte público. La cuenta semanal de pilotos y ayudantes caídos en el trabajo es quizás la evidencia del territorio tomado. Control, amenaza, rendición de cuentas, extorsión. Detrás de esas muertes quedan viudas y huérfanos para engrosar la lista de víctimas, ya dejada por el conflicto armado. Desde la identidad de las mujeres, ir a tomar camioneta, esperar a que llegue, subirse y terminar el trayecto representa, hay días, un desafío que devasta cualquier autoestima.

La tercera experiencia es la del transeúnte. Se camina con miedo. En todas las ciudades del mundo hay fronteras visibles e invisibles que las sectorizan. Pero en Guatemala, esas fronteras se abisman. Difícilmente alguien se mueve fuera de su sector. Difícilmente uno se encuentra con gente que vive más allá de la cartografía propia, porque no hay parques, las calles carecen de aceras, las avenidas son inseguras. Escasean vías que conecten y tiendan puentes simbólicos de intercambio.

Finalmente, reflexionar sobre la locomoción es experimentar el asfalto. Para nadie es un secreto el deterioro creciente. Los hoyos como realidad y como metáfora de un espacio urbano arruinado, atestado de trampas, en dirección hacia abajo.

Así las cosas, digamos que si algo caracteriza a la ciudad de Guatemala, es un sentido de inmovilidad espacial, un derecho de locomoción herido. La muerte de Brenda Domínguez y la de tantos otros en las calles apelan a cambiar el modo de concebir la ciudad en función de una mejor calidad de vida de los ciudadanos, que va desde la seguridad vial a la libertad de transitar con mayor fluidez en el espacio y hacia los otros.


Mónica Albizúrez

Es doctora en Literatura y abogada. Se dedica a la enseñanza del español y de las literaturas latinoamericanas. Reside en Hamburgo. Vive entre Hamburgo y Guatemala. El movimiento entre territorios, lenguas y disciplinas ha sido una coordenada de su vida.

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