¿Soy yo mi ADN?

Trudy Mercadal | Política y sociedad / TRES PIES AL GATO

Las pruebas de ADN para evidenciar ancestros y posibles riesgos de salud se han vuelto muy populares en EE. UU. Siendo esta una sociedad consumista, cada empresa que ofrece este servicio resalta algo distinto, incluyendo encontrar si una tiene ADN neandertal (muy popular desde que se ha descubierto que los neandertales no eran tan primitivos en comparación a los humanos más recientes y que se sabe hoy que sí hubo mezcla de ADN –o sea, fornicaron y tuvieron descendencia–).

En EE. UU. no hay mayor pena si una persona descubre ADN indígena entre sus ancestros, pero es algo muy diferente, para muchos, si descubre ADN afrodescendiente. En Guatemala, como la mayoría de la clase media y alta, por morena que sea, se precia de que sus ancestros eran «puramente españoles» (o italianos o alemanes o qué se yo), son otros los cucos. Así los patéticos bemoles del racismo. Por ello, no creo que estos paquetes de ADN, populares en EE. UU., lo serían tanto en Guatemala excepto por un pequeño segmento de la población. De hecho, conozco quienes se lo han hecho, pero esconden los resultados hasta de sus parientes más allegados.

En EE. UU., sin embargo, los latinos que ya han crecido ahí desean a menudo saber su ascendencia y no les afectan los racismos que aún imperan en Latinoamérica. No significa que no existe racismo en la comunidad latina, además del «colorismo», eso de considerar a alguien mejor o más guapa entre más blanca la piel. Pero es muy distinta la dinámica que en Latinoamérica, siendo que la piel morena es considerada exótica y atractiva para muchos norteamericanos y que, en general, a pesar de que el racismo ha recibido mucha atención dada su exacerbación durante el gobierno del supremacista blanco Donald Trump, en realidad sí existe una concientización amplia en EE. UU. de que el racismo es algo mal visto y poco aceptable. De hecho, hablando con varias amistades latinas en Estados Unidos, se comenta con mucha hilaridad como se pone de mal la parentela en nuestros países de origen –sea Guatemala, Colombia, Ecuador, etcétera– cuando en el examen de ADN sale a relucir que existen ancestros indígenas y africanos. Pues resulta, oh sorpresa, que al parecer todos tenemos ancestros indígenas y africanos, además de europeos, asiáticos, árabes y cualquier otra mescolanza típica de un mundo que comenzó a globalizarse hace más de 500 años y que no ha dejado de hacerlo aún.

Mi familia es «de esas», de las que descienden de puros españoles e italianos, con un árbol genealógico impreso que se pone al día cada tantas décadas y sacan fotocopias y las reparten entre la parentela aún interesada en esas cosas. Según el documento, todos vienen directo de Europa. Y efectivamente, según mi ADN, más de la mitad de ahí vienen. Pero lo que quedó fuera del famoso árbol genealógico familiar es todos los ancestros indígenas, pues el hecho de que yo tenga 25 % de ADN indígena centroamericano y casi 10 % de ADN de regiones negras del África, muestra que, generaciones atrás, la prevalencia proporcional habrá sido aún más grande. Mi tía octogenaria típicamente reaccionó diciendo que en el ADN «debe de haber muchos errores» (comentario que se presta a toda una tesis de sociología e historia). Según me comentan amigos, los ancianos de sus familias reaccionan igual: que es un error, por que claro, la ciencia es menos exacta y más dudosa que sus caros mitos familiares –y por expansión, los caros mitos criollos de Guatemala–.
No cambia nada en mi constitución física ni mental saber algo que hace largo tiempo asumía. Existen muchos estudios que comprueban que es matemáticamente imposible que toda la gente que dice descender solo de europeos, lo sea. Estudios basados en ADN han mostrado que estas mezclas son la regla, no la excepción, en toda Latinoamérica. Somos un continente mestizo, enraizado en lo indígena y africano. ¿Cuándo les daremos su lugar merecido –un lugar de honor– en los árboles genealógicos familiares y sociales? Pues los mitos no son inofensivos. Sostienen y ocultan, a la vez, toda una serie de políticas y prácticas que tienen un efecto material hondo y dañino sobre nuestras sociedades. Hay gente a quien se le niega el empleo, el alquiler de una casa, el derecho a la tierra, basada en estas percepciones. No hay ADN equivocado. Los equivocados son los mitos que construyen nuestra identidad.


Imagen tomada de Pixabay.

Trudy Mercadal

Investigadora, traductora, escritora y catedrática. Padezco de una curiosidad insaciable. Tras una larga trayectoria de estudios y enseñanza en el extranjero, hice nido en Guatemala. Me gusta la solitud y mi vocación real es leer, los quesos y mi huerta urbana.

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