Sobre La dialéctica de la Ilustración de Horkheimer y Adorno

Camilo García Giraldo | Arte/cultura / REFLEXIONES

Horkheimer y Adorno, en su conocido libro La dialéctica de la Ilustración, publicado en 1944 y revisado en 1947, sostuvieron que la Ilustración está fundada originalmente en el propósito de liberar a los hombres del poder que tradicionalmente han ejercido en sus mentes y vidas los mitos. El pensamiento ilustrado es un pensamiento racional-crítico no solo con el contenido de los mitos, sino sobre todo con el poder o dominio que han tenido en la vida de los hombres. Poder que se manifiesta en la fuerza que tienen las imágenes y relatos que los conforman de conducirlos al origen de sus vidas y del mundo en la medida que los seducen y atraen poderosamente.

Pero en realidad los mitos son la expresión cultural de las fuerzas y fenómenos de la naturaleza, es decir, son relatos creados por los hombres que narran y hablan de la existencia de los diversos fenómenos de la naturaleza que rodean sus existencias o que hacen parte de ellas. Y al ser esto así, lo que hacen es traducir en imágenes irreales y fantásticas la presencia poderosa de estos fenómenos naturales que marcan a diario sus vidas. Por esa razón, cuando la Ilustración se propuso liberar a los hombres del poder que han tenido los mitos sobre sí mismos, en realidad lo que trató fue de liberarlos del poder que han tenido esas fuerzas y fenómenos naturales en sus vidas.

Si los hombres, entonces, se liberan de estos poderes de la naturaleza envueltos en los relatos míticos encantadores, podrán forjarse como sujetos autónomos y racionales, como seres humanos libres de esos poderes, y, por lo tanto, capaces también con entera libertad de ordenar sus vidas de acuerdo a los juicios y criterios de su razón. Por eso la promesa que el pensamiento ilustrado ofrece a los hombres es la de convertirse en seres libres emancipándose del dominio que las fuerzas tanto de la naturaleza externa como la interior han ejercido sobre sus vidas.

Y fue Ulises, el personaje central del gran poema de Homero La odisea, quien mostró y ejerció ejemplarmente esta capacidad que la Ilustración pretende fomentar y cultivar en todos de emanciparse de los poderes de la naturaleza, en su viaje de regreso por el Mar Mediterráneo a la isla de Ítaca de donde es rey, y en la que lo esperan, después de 10 años, su esposa Penélope y su hijo Telémaco. Viaje en el que encontró esas fuerzas naturales recubiertas en mitos que ejercían su poder de atracción sobre él para atraparlo en su seno, para fundirlo de nuevo con la naturaleza de su origen. Sin embargo, se resistió con energía y decisión al poder de esas fuerzas naturales seductoras representadas por el canto de las sirenas, o escapó con gran astucia y habilidad de las que amenazaban o ponían en peligro su vida como la representada por el cíclope Polifemo.

De tal modo que Ulises reprimió sus impulsos sexuales naturales para no dejarse seducir y atraer por el canto de las bellas sirenas; y también logró dominar las fuerzas naturales exteriores usando su razón. Es el héroe ilustrado que anticipa con su comportamiento de los hombres ilustrados por la Ilustración en los comienzos de la modernidad. Pero es al mismo tiempo, para Horkheimer y Adorno, el héroe que pone con gran claridad la secreta complicidad que existe entre los mitos y la Ilustración. Este relato mitológico del viaje de Ulises revela que su conducta es una conducta ilustrada, es decir, una conducta racional centrada en el propósito conservar su vida salvándola de los peligros naturales que la acechan. Y al hacerlo domina-reprime, como ya dijimos, su naturaleza interior y afirma su poder sobre la exterior. Dicen: «El dominio del hombre sobre sí mismo, que sirve de base a su yo y lo funda, es siempre virtualmente la aniquilación del sujeto por mor del cual tal dominación se produce, pues la sustancia dominada, sometida y disuelta por la autoconservación, es nada menos que aquello que habría que conservar».

Este relato revela con toda claridad lo que ha ocurrido con la Ilustración, que afirma la necesidad que los hombres usen su razón cognoscitiva para emanciparse del poder que los mitos que han tenido sobre sus conductas y sus vidas, es decir, para liberarse del dominio que la naturaleza ha ejercido sobre sí mismos, se convierte en un nuevo mito porque son ahora los hombres «ilustrados», los hombres que usan su razón cognoscitiva-científica, los que se vuelven en contra de la naturaleza externa para someterla a sus intereses y fines, y contra la naturaleza interior, contra sus impulsos, instintos y deseos, reprimiéndolos. La Ilustración al enseñar a los hombres a emanciparse de los poderes de la naturaleza usando su razón, convirtiéndose en sujetos racionales semejantes a Ulises, no elimina la existencia misma del poder; lo que hace es transferir ese poder de la naturaleza a los hombres, otorgarles ese poder que antes se hallaba en la naturaleza. Y al hacerlo así reafirman la existencia del poder o del dominio que es la fuente de los mitos.

De tal manera que para ellos, la Ilustración se convierte en una forma de mito al representar el poder que adquieren los hombres que usan su razón, que se erigen sujetos racionales, sobre la naturaleza exterior y sobre la propia. Dicen: «El mito se disuelve en Ilustración y la naturaleza en mera objetividad. Los hombres pagan el acrecentamiento de su poder con la alienación de aquello sobre lo cual lo ejercen. La Ilustración se relaciona con las cosas como el dictador con los hombres. Este los conoce en la medida en que puede manipularlos». Pues todo relato o discurso que represente la existencia de un determinado poder es un relato mitológico en la medida que impide a los hombres ser libres, que los somete a la presencia y la acción de un poder, que así sea el propio, los coacciona y condiciona sus pensamientos, sus actos y sus vidas.

Esta versión de la Ilustración como una forma de mito propuesta y explicada por Horkheimer y Adorno tiene, sin embargo, una deficiencia notable, una falla radical: la de considerar, como un principio sustancial, que el poder que da a los hombres sobre la naturaleza exterior y sobre la propia interior, el uso de su razón cognoscitiva, es siempre un mal porque es precisamente poder, es decir, porque les permite dominarla y someterla privándola de su ser, transformándola, dañándola o destruyéndola.

Sin embargo, si observamos bien las cosas, podemos decir que el poder que los hombres alcanzan sobre la naturaleza gracias al uso cognoscitivo-científico de su razón no es siempre un hecho negativo y crítico. Al contrario, es un poder cognoscitivo valioso e indispensable que al usarlo puede mejorar las condiciones de conservación y reproducción de sus vidas naturales y de la naturaleza exterior. Y lo que es igualmente importante, es un poder racional-cognoscitivo con el que enfrentan y combaten con bastante eficacia el mal, la destructividad, que yace en el seno de esa naturaleza, es decir, con él contienen o controlan las fuerzas y organismos que atentan o ponen en peligro sus vidas. Pues los hombres solo pueden conservar y reproducir sus vidas naturales dominando a partir de conocimientos racionales científico-técnicos los agentes, fuerzas y organismos naturales que la dañan, enferman o la ponen en peligro.

Ahora bien, se puede objetar con razón que los hombres al realizar actividades económico-laborales con las que demuestran el dominio que han adquirido sobre parte de la naturaleza exterior y que siempre se fundan en determinados conocimientos racionales sobre las características y propiedades de los objetos naturales en las que recaen, los dañan o los destruyen o modifican sus formas. Daños destructivos que, sin embargo, los pueden reparar cuando se trata de plantas o animales, sembrando las semillas de esas plantas o criando nuevos animales de las mismas especies; es decir, no solo son daños necesarios para obtener los medios necesarios que necesitan para conservar sus vidas sino también reparables; de ahí que no sean en realidad daños. Solo cuando, en cambio, en el curso de estas actividades laborales-productivas los hombres dañan los elementos básicos necesarios para la vida de todo ser vivo, como el agua y aire contaminándolos de elementos químicos tóxicos como el gas carbónico o sustancias que componen los plásticos, estos daños se tornan reales y verdaderos porque son difícilmente reparables.

Podemos, entonces, concederle a Horkheimer y Adorno una parte de razón en considerar a la Ilustración como un mito, es decir, en una representación discursiva y conceptual del dominio dañino y perjudicial que realizan los hombres sobre la naturaleza exterior. Pero solo en parte, porque, en general, como hemos indicado atrás, es un poder cognoscitivo que les permite usar de modo racional los recursos y medios naturales en beneficio de sus vidas, que les permite combatir con eficacia las fuerzas y los agentes mortíferos que yacen en su seno, y reparar los daños que le ocasionan con sus actividades económico-laborales.

No obstante, es necesario reconocer que existe una esfera en la que el uso cognoscitivo-científico de la razón da a los hombres un enorme poder destructivo, el que sirve para fabricar armas. Es ahí donde dominio de los hombres sobre la naturaleza revela su faz y rostro más negativo y crítico. Aquí los conocimientos racionales que los hombres adquieren sobre los materiales de la naturaleza los usan para fabricar armas que después usan para armar ejércitos que las usarán en las guerras que emprenden contra otros; guerras que han dejado, y dejan siempre, un número incontable de muertos y heridos. El poder racional cognoscitivo-científico que logran los hombres sobre la naturaleza exterior se convierte en la condición y la premisa necesaria que les permite crear los medios eficaces y contundentes, las armas, con los que se destruyen y aniquilan entre sí. Y la capacidad destructiva de las armas aumenta en la medida en que los hombres mejoren, amplíen y profundicen el conocimiento científico-racional sobre las propiedades de los materiales y objetos de la naturaleza que emplean para fabricarlas. Las armas de destrucción masiva, como las armas nucleares, que los hombres comenzaron a fabricar en el siglo XX, son la expresión tal vez más elevada y acabada de esa capacidad destructiva de la razón cognoscitiva-científica-técnica de la naturaleza.

Y también en el momento que los agentes de los poderes totalitarios como el nazismo y estalinismo usaron los medios científicos racionales alcanzados en la modernidad no solo para fabricar armas de gran capacidad destructiva sino también para organizar eficazmente los campos donde concentraron y exterminaron a millones de judíos o donde confinaron a la fuerza a millones de hombres para obligarlos a trabajar hasta la muerte, y reprimir los deseos e impulsos naturales de libertad de los miembros de sus sociedades.

A este poder destructivo de la razón se refirió clara y precisamente Horkheimer en una entrevista que dio años después de publicado el libro, al explicar la razón más importante que lo llevó junto con Adorno a escribirlo, la de «pensar la razón después de la grave crisis en que había caído la civilización occidental» después de las dos guerras mundiales que habían ocurrido en su seno y el surgimiento de estos poderes políticos totalitarios como el nazismo y el estalinismo.

Pero, los hombres, además de este uso cognoscitivo-científico que le pueden dar a su razón, y de hecho le dan, también pueden darle un uso práctico, como quedó claro desde la obra de Kant, con el que forjan normas morales de validez universal que les permiten sostener y renovar la convivencia entre sí que depende en gran medida del dominio o control racional que realizan de una parte de su naturaleza interior, es decir, de los impulsos agresivos y violentos que la constituyen. Dominar y reprimir estos impulsos naturales es una condición absolutamente necesaria que cada persona debe cumplir para poder integrarse en un grupo social o sociedad. Y, además, una condición también imprescindible para que pueda formar su fisonomía y condición auténticamente humana que lo aleja o separa del reino natural-animal de donde proviene originalmente.

De ahí que los hombres pueden usar su razón en direcciones opuestas: para el bien de sí mismos y de la naturaleza, es decir, para mejorar las condiciones necesarias para conservar y reproducir sus vidas naturales; o para engendrar el mal en ellas y en la naturaleza exterior, es decir, para dañarlas y destruirlas. Dos modos contradictorios y excluyentes que los hombres han usado de su razón a lo largo de la historia sin falta. Por eso los pensadores ilustrados del siglo XVIII que inauguraron el horizonte conceptual de la modernidad solo vieron, valoraron y rescataron el uso positivo y valioso que los hombres han dado, y que deben, como un imperativo central de sus vidas, seguirle dando a su razón. Pero, en cambio, no consideraron u omitieron el uso negativo-destructivo que los hombres le han dado.

Es a partir de esta omisión o falta que Horkheimer y Adorno partieron para fraguar la crítica a la razón ilustrada que expusieron en este libro. Crítica valiosa y necesaria que, sin embargo, a su vez, como acabo de explicar brevemente, pasó por alto u omitió el uso cognoscitivo científico positivo y fundamental que los hombres le han dado. Por eso es una crítica que debe ser criticada, o por lo menos, reducida y limitada a su justo valor para comprender la «naturaleza» contradictoria que tiene la razón humana.

Por esa razón el reto y el deber más importante que tienen los hombres modernos es el de aprender a darle primacía a su razón práctica sobre su razón teórica-cognoscitiva, es decir, aprender a subordinar los conocimientos científico-técnicos que forjan a las normas éticas de carácter universal que se dan autónomamente en los actos de sus vidas. Solo así podrán reducir o disminuir la posibilidad de usar mal su razón cognoscitiva-científica en beneficio no solo de la naturaleza sino de su propia existencia humana.


Fotografía principal, Adorno (izquierda) y Horkehimer (derecha), tomada de Pinterest.

Camilo García Giraldo

Estudió Filosofía en la Universidad Nacional de Bogotá en Colombia. Fue profesor universitario en varias universidades de Bogotá. En Suecia ha trabajado en varios proyectos de investigación sobre cultura latinoamericana en la Universidad de Estocolmo. Además ha sido profesor de Literatura y Español en la Universidad Popular. Ha sido asesor del Instituto Sueco de Cooperación Internacional (SIDA) en asuntos colombianos. Es colaborador habitual de varias revistas culturales y académicas colombianas y españolas, y de las páginas culturales de varios periódicos colombianos. Ha escrito 9 libros de ensayos y reflexiones sobre temas filosóficos y culturales y sobre ética y religión. Es miembro de la Asociación de Escritores Suecos.

Reflexiones

Correo: camilobok@hotmail.com

0 Commentarios

Dejar un comentario