Roma o la expulsión del Otro

Matheus Kar | Arte/cultura / BARTLEBY Y COMPAÑÍA

Roma (2018) es una producción fílmica mexicana que narra un año de la vida de la empleada doméstica Cleo, que trabaja para la familia de Sofía y Antonio (familia clase media-alta de México de los años 70). Cleo se encarga de atender a los cuatro hijos, a la pareja y a la madre de Sofía, junto a otra empleada, Adela. Ambas son de origen indígena (oaxaqueñas) y hablan tanto español como su lengua materna, el mixteco. En su tiempo libre, Cleo y Adela se dedican a ir al cine con sus novios Fermín y Ramón, respectivamente.

El argumento, al igual que muchas de las películas mexicanas de los últimos 40 años del siglo XX, gira en torno a la servidumbre y la infidelidad de alguna de las partes del matrimonio. En este caso, la infidelidad corre a cargo del marido. No obstante, a diferencia de este género de películas, es la primera en que la trama principal (el embarazo de Cleo) no afecta a las tramas secundarias (infidelidad, protestas e incendios). Lo cual no parece nada raro. Lo raro habría sido que la trama principal afectara a las subtramas. Sin embargo, en cualquier otro trabajo fílmico esto nos habría resultado poco natural o con algunos «baches» narrativos. Si se piensa bien, esto podría explicarse con la concepción histórica que se tiene de las empleadas domésticas: «las cuales están allí, tratando de no hacerse notar, para realizar el trabajo que nadie quiere hacer».

Para Aura Cumes (2014), la casa, el hogar y la familia reflejan y soportan las estructuras de cualquier sociedad. Es un ente conformado y conformador de la sociedad, «pues reproduce las formas organizativas, los imaginarios, los mandatos y las formas de autoridad normalizadas socialmente» (p. 206).

Asimismo, Cumes afirma que «el trabajo de empleada doméstica se convierte en una forma de civilizar a las trabajadoras de casa». Esto se puede evidenciar cuando Cleo acude a Sofía para pedir consejo. Sin embargo, también existen ciertas coerciones internas respecto a este axioma: tanto Cleo como Adela solo pueden hablar en su lengua indígena cuando están solas. Además, sus metas personales son traducidas o enmarcadas por las metas occidentales: estudiar, consumir y buscar un cuerpo bello (como cuando antes de dormir hacen ejercicio). Muchas de estas empleadas indígenas y de clase baja llegan a estos domicilios para ser instruidas, educadas y encaminadas por el camino del desarrollo y la civilización. «Sus saberes llegan subordinados tanto como ellas, porque son “ignorantes”» (Ibíd.).

Lo más común suele ser el apoyo moral, como se puede ver en Roma. Estas oportunidades de superación son entendidas como favores que la empleadora otorga por la utilidad, pero al mismo tiempo, deben interpretarse como normalización y reproducción de las desigualdades bajo el signo de la diferencia jerarquizada: «Así, la empleadora ve en la trabajadora la representación social de los indígenas como subdesarrollados, como atrasados y se coloca como el referente moral de la superación. A la vez, la empleada puede legitimar este lugar. Aquí las desigualdades históricas no son problematizadas, pero están en la base de la relación patrona-sirvienta» (Ibíd., p. 210).

Antonio, el padre de familia se la pasa la mayor parte fuera de casa, y cómo no, si tiene una amante (o al menos así lo muestra Cuarón). Una de las escenas más impactantes es la introducción del personaje de Antonio. Llega de noche, en su auto, fumando y escuchando alguna pieza de música clásica. El corte bien pudo haber pertenecido a la de un personaje de terror o a la de algún asesino serial. Pero no, solo se trataba del padre de familia, el eterno ausente. Tal y como afirma Cumes, son las mujeres, madres o esposas del hogar las que se encargan de dirigir el trabajo doméstico, «los hombres están en gran medida ausentes» (Ibíd., p. 2007).

En el trabajo de Aura Cumes, La casa como espacio de «civilización»: el proceso de formación de la sirvienta contemporánea, se recogen las entrevistas a empleadoras y empleadas realizadas por ella. Una de las empleadoras afirma: «Preferimos estar sin marido que sin ellas». Esto se sostiene material y estructuralmente, puesto que, siendo bastante utópicos, la eliminación del trabajo doméstico provocaría una verdadera revolución cultural en las clases media-alta y alta, ya que el trabajo realizado por las empleadas, como Cleo, no permiten la visibilización de las estructuras sociales. Si Cleo desapareciera, a Sofía le tocaría hacer lo que nadie más desea hacer: limpiar el sanitario, limpiar los excrementos del perro, lavar la ropa, barrer, trapear, planchar, etcétera. Cleo, en realidad, es el obstáculo entre la realidad y la posición constreñida de Sofía en la sociedad.

Para Jacques Lacan el dinero es lo menos humanitario que puede haber, es una forma de marcar distancia entre uno y el Otro. Zizek lo escribe así:

Diría que esta es la razón por la que son tan populares las causas humanitarias. No son simplemente una expresión de amor al prójimo, sino exactamente lo contrario. Es decir, la función del dinero para causas humanitarias es la misma que la del dinero estipulado por Lacan en el psicoanálisis: el dinero significa que te pago para que no nos relacionemos (Zizek & Daly, 2004, p. 73).

Al igual que las prostitutas y los analistas, el dinero es utilizado para mantener una barrera entre el cuestionamiento y el statu quo. Habría que preguntarse si estas manifestaciones vindicatorias de los últimos años por las empleadas domésticas responden, en realidad, a reformas estructurales del poder o simplemente nuevos disfraces del repudio colectivo hacia estas trabajadoras, como una forma de decir: ¡Ey, te subimos el sueldo, te dejamos comer de lo que comemos y trabajás menos horas, pero por favor estate allí!

«El mundo de las empleadoras y el de las empleadas son distantes y cercanos a la vez. Son distantes en términos de historia, de condiciones y cercanos en términos de dependencia de unas respecto a otras. Ambos mundos se juntan en la casa, pero rara vez se tocan», afirma Cumes. Toda esta forma de equidad, dignidad y tolerancia, es la obsesión casi central de nuestros tiempos: mantener al prójimo a una distancia adecuada o, más bien, mantener los problemas del prójimo a una distancia adecuada. En Roma esto se puede evidenciar en la forma en que Sofía, la ama de casa, mantiene a Cleo a una distancia adecuada. Pero más interesante es cómo lo hace. Antes de pedirle un favor, le expresa el «cariño» que la familia tiene por ella. Claro que este cariño se percibe como una bonificación, pues el «verdadero» incentivo de Cleo es su sueldo, el efectivo.

Luego de perder al bebé, Cleo se entristece. Todo lo hace así: triste. Barre, triste. Trapea, triste. Limpia las suciedades de la familia y el perro, triste. Como terapia, Sofía le dice que la acompañe a ella y sus hijos a un viaje que harán a la playa de Tuxpan. Pero se la lleva, en realidad, por dos razones:

  1. Para que siga atendiéndolos como la empleada doméstica que es.
  2. Para no estar presente cuando Antonio, quien ha dejado a Sofía por su amante, pueda recoger sus pertenencias de la casa.

Esta amistad jamás puede ser horizontal. Aunque siempre hay un trato respetuoso y no se le llama despectivamente, siempre existe un trato diferenciador. El uniforme, la habitación fuera del espacio familiar, los tiempos de comida diacrónicos a los tiempos de la familia, entre otros, son algunos rasgos diferenciadores. Tal y como cita Cumes, Bourdieu afirma que la distinción es una forma de reproducir desigualdades:

La distinción no es solo estética, como la imposición del uniforme, sino es también material y psicológica. El uniforme es un aspecto muy resaltado por todas las empleadoras. Todas criticaron la exigencia del uniforme como lo han visto con sus amistades y familiares. Ellas dicen respetar el traje que usan las mujeres ya sea indígenas o no, siempre y cuando vistan de forma «limpia y recatada» (Cumes, 2014, p. 2016).

Nuevamente, la indumentaria o uniforme se impone como barrera para mantener la distancia entre las formas de reproducción de diferencias dentro de la sociedad. Y es que no solo se trata del trato empleada-empleadora, sino de los sectores que representan y reproducen. Disfrazar a las empleadas para mantenerlas limpias, recatadas y calladas es callar a las comunidades indígenas y los problemas estructurales con los que cargan, y a la vez también es obstaculizar la toma de conciencia sobre la posición de las mujeres en la historia y cómo las diferencias jerarquizadoras las han mantenido en un papel secundario. Desde esta lógica, se ve a la empleada (y por tanto a la mujer y a la indígena) como alguien que no tiene nada que enseñar. El asunto se vuelve siniestro cuando notificamos que es la misma mujer (de clases superiores, por supuesto) la encargada de reproducir estas posiciones dentro de la sociedad.

Solo para entendidos

Las desigualdades no se acaban con la tolerancia o la aceptación del otro, si la estructura del fantasma, según Lacan, es la mirada misma. Lo que se llama tolerancia es realmente la forma última de intolerancia con el goce del Otro. «En Las obras del amor, Kierkegaard afirma de una forma sorprendentemente explícita que, en última instancia, el prójimo que el cristiano debe amar es un prójimo muerto» (Zizek & Daly, 2014, p. 112). El amor pagano, el no cristiano, ama al otro por sus cualidades excepcionales, por su belleza, por su inteligencia. El amor cristiano, en cambio, es aquel que ama al Otro por sus imperfecciones, por sus inconsistencias. El amor pagano ama al objeto perfecto. El amor cristiano ama al objeto imperfecto. Para Kierkegaard, el amor cristiano es el amor perfecto; y el pagano, el imperfecto. «El único amor perfecto es el amor al objeto imperfecto, a cualquier objeto. Y luego la paradoja, por supuesto, es que la gran igualadora, el único universal real, es la muerte».

La tesis de Zizek es que esto es algo que se aproxima mucho a la intolerancia con el Otro, porque, básicamente, «lo que Kierkegaard está diciendo es que debemos olvidar la idiosincrasia particular del Otro. […] Esta es la verdad de la tolerancia multicultural contemporánea: experimentamos como “intolerancia” violenta toda proximidad del goce del Otro. La tolerancia significa: déjame en paz, no quiero que me molestes demasiado» (Zizek & Daly, 2014, p. 113).


Fotografía principal tomada de El Sol de México.
Referencias:
Cumes, A. (2014). La casa como espacio de civilización: el proceso de formación de la sirvienta contemporánea. En: La india como sirvienta: servidumbre doméstica, colonialismo y patriarcado en Guatemala. Tesis de doctorado. CIESAS.
Zizek, S. & Daly, G. (2014). Slavoj Zizek. Arriesgar lo imposible: conversaciones con Glyn Daly. Madrid: Editorial Trotta.

Matheus Kar

(Guatemala, 1994). Promotor de la democracia y la memoria histórica. Estudió la Licenciatura en Psicología en la Universidad de San Carlos de Guatemala. Entre los reconocimientos que ha recibido destacan el II Certamen Nacional de Narrativa y Poesía «Canto de Golondrinas» 2015, el Premio Luis Cardoza y Aragón (2016), el Premio Editorial Universitaria «Manuel José Arce» (2016), el Premio Nacional de Poesía “Luz Méndez de la Vega” y Accésit del Premio Ipso Facto 2017. Su trabajo se dispersa en antologías, revistas, fanzines y blogs de todo el radio. Ha publicado Asubhã (Editorial Universitaria, 2016).

Bartleby y compañía

Un Commentario

Luis Melgar Carrillo 13/06/2019

Muchas gracias por su artículo. Son interesantes sus puntos de vista. Sin embargo me permito agregar a su comentario sobre Roma, que usted perdió de vista que una de las críticas principales del tema, es la manera irresponsable en que el latinoamericano se comporta respecto al compromiso. Tanto la empleada doméstica como la patrona, son víctimas del machismo de un conquistador que solo vive para la satisfacción de sus instintos sexuales. La gran cantidad de madres solteras son consecuencia de esta irresponsabilidad. Esta falta de compromiso se da, tanto el las clases altas como en las clases bajas, no digamos en la clase media.

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