Reseña de Verdad del agua y del viento, de Fabián Dobles

Matheus Kar | Arte/cultura / BARTLEBY Y COMPAÑÍA

La publicación, por Editorial Cultura, de Verdad del agua y del viento (Premio Centroamericano «15 de septiembre», 1948) revalora la obra lírica de uno de los intelectuales más consistentes de la América Central del siglo XX.

La brevedad nos persigue y condiciona, y en dicho intervalo tan solo se explora una parte diminuta del conjunto del universo. Pero los humanos somos una especie marcada por la curiosidad. Nos preguntamos, buscamos respuestas en este vasto mundo, a veces amable y a veces cruel. Contemplando la inmensidad del firmamento encima de nosotros, nos hemos hecho siempre una multitud de preguntas. ¿Cómo podemos comprender el mundo en el que nos hallamos? ¿Cómo se comporta el universo? ¿Cuál es la naturaleza de la realidad? ¿De dónde viene todo lo que nos rodea? ¿Necesitó el universo un Creador? La mayoría de nosotros no pasa la mayor parte de su tiempo preocupándose por estas cuestiones, pero casi todos nos preocupamos por ellas en algún instante.

Quizá ese instante sea el tiempo que aplicamos en los entresijos de un libro, de una novela, de un cuento, de un poema, de un verso o de este preciso momento. A simple vista, o quizá es una de las posibles lecturas, Verdad del agua y del viento parece un conjunto de poemas amorosos. Y la verdad, el lector que se acerque o sumerja con ese pensamiento edulcorado tampoco la va a pasar mal.

Sin embargo, Fabián Dobles, nacido en 1918, y perteneciente a la generación del 40, junto a Joaquín Gutiérrez, Carlos Luis Fallas, Yolanda Oreamuno, entre otros tantos, jamás se divorció de la realidad nacional centroamericana, consolidando su pensamiento político con la adherencia en 1943 al Partido Comunista Costarricense. Su militancia lo llevó a prisión y le costó la pérdida de su empleo. Después consiguió trabajo como asistente en la soviética Agencia de Prensa Nóvosti y, más tarde, como corresponsal de la agencia cubana Prensa Latina. Fue corrector de pruebas y editor en diversas publicaciones y editoriales, entre ellas la de Costa Rica. Casa, esta última, de la que llegó a formar parte del Consejo Directivo y donde se desempeñó como jefe de producción. Fue presidente del Instituto Cultural Costarricense-Soviético.

Hasta acá se puede evidenciar que nuestro autor fue un sujeto bastante activo, si se habla de política. Y literatura también.

Francisco Albizúrez Palma escribe, en Poesía centroamericana posmodernista y de vanguardia que las vanguardias llegaron tarde a la poesía costarricense, al punto que, según Carlos Francisco Monge, estas tendencias se consuman en Costa Rica después de 1950.

Creemos que esta circunstancia costarricense –escribe Albizúrez Palma− se explica a la luz de la índole individualista y aislada en que la hermana nación ha crecido, índole alentada por los intereses económicos que, tras la fachada electoral, han mantenido el verdadero dominio del poder. Resulta curioso observar que la revitalización de las letras y las artes de Costa Rica coinciden con el desarrollo de una joven intelectualidad combativa, que re-estudia e interpreta la realidad nacional y que cuestiona el modelo sociopolítico costarricense.

La Verdad del agua y del viento sale a la luz en 1948. Por aquel tiempo, el paisaje político se mostraba oscuro y con nubarrones, se habló de fraude electoral en los comicios celebrados aquel año, hasta el punto de anular las elecciones para presidente, mas no la de los diputados, lo que ya parece curioso. También inicia la guerra civil. Años antes, los costarricenses, como la mayoría de los centroamericanos, se subieron al ring con la United Fruit Company, y un intenso panorama de inestabilidad política.

Con todo esto, no es difícil sentirse defraudado, con una visión pesimista del porvenir. Sentimiento o síntoma que solo puede crecer en alguien con cierta claridad ciudadana, posterior a la de individuo. Como ya se dijo, Verdad del agua y del viento, puede parecer un poemario amoroso, nostálgico y con claras intenciones de persuadir a la musa. Pero Fabián Dobles nos tiene reservadas algunas sorpresas.
El poemario empieza con una invitación. Todo lo contiene el agua, nos dice. Y en el segundo poema nos habla, a modo de introducción, del aire, deseando que aquel que se acerque al agua o al viento acabe como «un caracol cualquiera». Lo que puede llegar a asociarse con la lentitud, con el detenimiento, con la paciencia, que al final es casi un arte; o como diría el filósofo coreano-alemán Byung Chul Han, el arte de la demora. En El aroma del tiempo, Han nos habla sobre cómo la sociedad es una continuación de fragmentaciones sin discurso, sin argumento, la mediatización de la historia y de la rutina, que reducen lo que debería de ser un relato a meros estímulos. Estímulo aquí, estímulo allá, al final, mero sensacionalismo. Tal parece que, tanto el filósofo Han y el poeta Dobles, comparten una tesis: la demora como primer paso para escuchar, para encontrar el canal adecuado de comunicación.

Luego viene la siguiente parte del poemario, Variaciones. Las interpolaciones entre agua y aire son constantes, se sobreponen en la lectura como los espejos en los centros comerciales, intentando ser reflejos de nuestra contemporaneidad. Alguien se ha preguntado ¿por qué hay tantos espejos en los centros comerciales? Y, sin embargo, allí estamos frente a esos grandes espejos, con nuestras bolsas de compras pesadísimas. Nos gusta vernos, siempre y cuando nadie no esté viendo. ¿Les ha pasado que se están viendo frente al espejo del centro comercial y resulta que advierten que alguien más los está viendo, entonces volteamos a ver hacia otro lado, apenados de que nos hayan visto viéndonos, cual narcisos? ¿Por qué la vergüenza? ¿Qué es lo que nos apena? ¿Por qué la necesidad del poeta de ofrecernos tantos espejos para que nos veamos, para que nos reflejemos? La pregunta del millón, ¿nos gustará lo que vemos?

En esta sección, también se habla del mar, del viaje y de las gaviotas. Las gaviotas del poema no suelen volar lejos del puerto, estas gaviotas son Fabián Dobles que se aleja de la urbe, de la tierra y se adentra en el mar, en el océano, antes de empezar la escritura del poemario. Verdad del agua y del viento es un viaje de regreso: «se va por el mar al puerto». Es alguien que busca el regreso a casa. O, más bien, es alguien que ha salido de casa para encontrar su hogar.

También nos habla del retiro-retorno. Idea que proviene del concepto acuñado por el antropólogo Joseph Campbell, el «monomito». Campbell sostiene que los héroes de numerosos mitos de tiempos y regiones dispares comparten estructuras y desarrollos fundamentales. En el monomito, el héroe arranca de su mundo ordinario, y recibe algún tipo de llamada para penetrar en otro desconocido poblado de poderes y acontecimientos extraños. El héroe que acepta la llamada para entrar en este mundo extraño debe enfrentarse a diversas tareas y pruebas, ya sea en solitario o con ayuda. En las versiones narrativas más desarrolladas, el héroe debe sobrevivir a un grave problema, a menudo con ayuda. Si el héroe sobrevive, obtiene un gran regalo, don o bendición.

Este patrón tan ampliamente distribuido está descrito por Campbell en su conocida obra El héroe de las mil caras (1949). Gran admirador del novelista James Joyce, Campbell tomó prestado el término «monomito» de la novela de Joyce Finnegans Wake.

Es común la división en tres secciones: «salida» (a veces llamada «separación»), «iniciación» y «retorno». La «salida» trata de la aventura del héroe antes de cumplir la misión, la «iniciación» se ocupa de las diversas aventuras del héroe a lo largo del camino, y el «retorno» trata de la vuelta del héroe con los conocimientos y las competencias adquiridos en el viaje. Entre estos personajes tenemos a Osiris, a Prometeo, a Moisés, a Gautama Buda, a Job, a Jonás, a Jesús, a Odiseo, entre otros. Jesús en el desierto es un claro ejemplo. El héroe que se retira al desierto, es puesto en tentación, supera el reto y regresa para cumplir con su destino. Y estos lugares de retiro, por lo regular, son silenciosos. Tenemos el interior de la ballena de Jonás, el desierto, el Monte Sinaí, por poner algunos ejemplos.

«Quien habla, no sabe. Quien sabe, no habla», nos dice Lao Tse. El viento y el agua no hablan, pero dicen bastante. Comunican. El agua en su silencio nos dice mucho, su goteo es algebra, sabiduría en código morse.

Llega un momento en que el espejo del mar se hace tan transparente como el viento, y el viento tan palpable como el agua. El cielo se encuentra en los ojos del que mira, en los pulmones. Y por qué no, en la sangre.

Biológicamente, tanto el agua como el aire, hidrogeno y oxígeno, se encuentran dentro de nosotros, son nosotros y nosotros somos en ellos. Es posiblemente lo sutil, de quien nos habla también Lao Tse. Lo sutil nos rodea, nos enarbola, somos igual que esos peces que no saben que el agua existe.

Lo sutil es un pez salvaje, lejos del puerto, hay que ser como esas gaviotas que se alejan y se adentran en el mar (ver p. 32).

Es el ingenuo poeta, el yo poético que, ingenuo, simula aprehender lo que ve. El poemario, entonces, se vuelve diario, bitácora. En el viaje hay una evolución moral del poeta y del buen lector. Pasa de ser poeta-vasallo a poeta-cronista. El mismo acaba poniendo en duda la inspiración (ver p. 39).

Por último, la resignación del Job bíblico se deja intuir entre las últimas hojas del poemario, como aquel que acepta el rechazo/muerte de la amada mujer/tierra. No queda otra salida que el retorno: «Todo, aunque cante, calla».

En la última parte, Final, nos dice lo que hasta acá se ha intuido: concluimos, entonces, que hay un poco de agua en el viento y un poco de viento en el agua, y que, para ser un libro occidental es bastante oriental, trae ese orientalismo impregnado, quizá porque hay un poco de occidente en oriente y un poco de oriente en occidente. El libro es el preámbulo de la segunda mitad del siglo XX, operante de las prácticas budistas, meditativas, de Woodstock, el hipismo, las drogas, de la Gestalt, del New wave, la liberación sexual como antídoto del desencanto por las guerras, por el conflicto, la muerte y la sociedad contemporánea. Fabián Dobles se rehúsa a sumergirse en las apariencias, en todas estas prácticas descritas y que ahora descansan en estantes.

Dobles asume una postura similar a la de Roberto Bolaño en Un paseo por la literatura:

«Soñé que la Tierra se acababa. Y que el único ser humano que contemplaba el final era Franz Kafka. En el cielo los Titanes luchaban a muerte. Desde un asiento de hierro forjado del parque de Nueva York Kafka veía arder el mundo».


Texto íntegro de la presentación del poemario (21 de marzo de 2018).

Imagen principal tomada de Fabián Dobles.

Matheus Kar

(Guatemala, 1994). Promotor de la democracia y la memoria histórica. Estudió la Licenciatura en Psicología en la Universidad de San Carlos de Guatemala. Entre los reconocimientos que ha recibido destacan el II Certamen Nacional de Narrativa y Poesía «Canto de Golondrinas» 2015, el Premio Luis Cardoza y Aragón (2016), el Premio Editorial Universitaria «Manuel José Arce» (2016), el Premio Nacional de Poesía “Luz Méndez de la Vega” y Accésit del Premio Ipso Facto 2017. Su trabajo se dispersa en antologías, revistas, fanzines y blogs de todo el radio. Ha publicado Asubhã (Editorial Universitaria, 2016).

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