Rendición de cuentas, antídoto para la privatización de los sistemas públicos de educación

-Francisco Cabrera Romero / CASETA DE VIGÍA

La rendición de cuentas es una de las cuestiones básicas del servicio público y en general de toda prestación de servicios. Tradicionalmente los sistemas de educación han estado al margen de este concepto y actuado desde mecánicas sumamente estáticas, lo que, entre otras cosas, ha provocado la parálisis y el envejecimiento de los sistemas. Es decir, un sistema no envejece por ser parte de la gestión pública, sino por falta de mecanismos adecuados.

En el caso de los sistemas de educación, lo más común es que no haya formas adecuadas de rendir cuentas a la sociedad a la que sirven. Los parámetros más conservadores se centran solamente en contar los días reales de clase, en pleno manifiesto de falta de entendimiento del fenómeno. Otros se conforman con los mecanismos formales de evaluación que se practican en los centros educativos, donde el director generalmente califica bien a los docentes sin tener en cuenta ningún criterio técnico y solo bajo la lógica de evitarse problemas.

La realidad es que los sistemas educativos que no rinden cuentas están diseñados para envejecer sin aprender. De modo que sus males se hacen recurrentes y se extienden indefinidamente.

La Unesco publicó el Informe de Seguimiento de la Educación en el Mundo (2017), en el que aborda el tema y aporta ideas disparadoras: «La rendición de cuentas debe entenderse como un medio para alcanzar un fin, no como un objetivo en sí mismo de los sistemas educativos».

Efectivamente, rendir de cuentas es esencialmente un medio para establecer el punto de partida y esclarecer los ritmos de avance, de manera que se sepa si las metas se están alcanzando o no. Lo que esta sencilla afirmación indica es que hay que saber cuál es el punto de partida, si se avanza o se permanece estacionado y si las metas se alcanzan o no, lo que implica que «hay que tener metas».

Pensemos en un centro educativo de los más típicos: ¿quién puede decir cuáles son sus metas para este ciclo escolar?, ¿quién puede decir qué cosas se harán distintas en comparación con el ciclo anterior?, ¿qué aprendió el centro educativo del ciclo escolar pasado? Lo más probable es que nadie en ese lugar sepa responder estas preguntas. El caso no es responderlas individualmente, sino crear la comunidad educativa que, participando democráticamente, defina esos asuntos medulares de la educación que les afecta directa y cercanamente.

Imaginemos ahora una escuela que en un ejercicio colectivo establece que sus prioridades son (a) mejorar la habilidad lectora de los estudiantes, (b) fortalecer el dominio del segundo idioma, (d) desarrollar habilidades artísticas y (d) reducir los conflictos internos. Esto es mandato claro que la comunidad entrega al equipo del centro educativo, cuyo trabajo consiste en encontrar las formas más efectivas de alcanzar tales metas, para lo cual deben reconocerse, al menos, puntos de partida, medios de avance y formas de comprobar los logros.

De aquí que sea bastante triste que los únicos esfuerzos impulsados desde la administración pública sean los que ven a la comunidad educativa no como un actor sino como un instrumento. El Pronade fue la mayor evidencia de esta concepción (en otros contextos conocido como «Educo», «Autonomía escolar», etcétera). Pero que en realidad no pasó de considerarlos mano de obra «obediente y no deliberante», cuya necesidad de acceso a la educación los obligaba a prestar un servicio no remunerado. Sí, en vez de que el aparato público trabajara para ellos, más bien los puso a ellos a trabajar para el sistema. Lo que de todas formas terminó con múltiples abusos de unos a otros y viceversa. Ese modelo sigue vigente en la figura de las organizaciones de padres de familia (OPF).

El caso es que la rendición de cuentas como elemento propulsor de las transformaciones necesarias requiere de dos fuerzas que la hagan realidad. Por una parte está la acción del sistema y de quienes toman las decisiones dentro de este. Por otro, la acción de la ciudadanía o de la comunidad que debe aprender que es su derecho pedir cuentas, que para este caso se traduce como resultados, que no sean los mismos aburridos resultados de todos los años.

¿Quién se hace cargo de cada estudiante que «pierde el año»? O de cada estudiante que no aprende a leer en el grado adecuado o del que no desarrolla las habilidades manuales básicas…

De igual manera, la rendición de cuentas no radica solo en el nivel local-escolar. Es un sistema que debe tener expresiones en todos los niveles. ¿Cuáles son los resultados de la gestión de un director departamental?, ¿sobre qué criterios, bases y metas se sabrá si su gestión buen buena o mala?

Del mismo modo que se hace a nivel nacional con las autoridades superiores del sistema. Hace años que estamos recibiendo malas noticias sobre el rendimiento de los graduandos en las pruebas nacionales. El espanto no es que rindan mal, en realidad, es que cada año rindan igual y nadie se sienta interpelado por esta situación.

Es claro que mientras no haya rendición de cuentas como una parte estructural del sistema educativo, los mejores resultados solo podrán venir de carambola.


Imagen principal tomada de Unesco.

Francisco Cabrera Romero

Educador y consultor. Comprometido con la educación como práctica de la libertad, los derechos humanos y los procesos transformadores. Aprendiente constante de las ideas de Paulo Freire y de la educación crítica. Me entusiasman Nietszche y Marx. No por perfectos, sino por provocadores de ideas.

Caseta de vigía


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