Páginas olvidadas de la historia (XXI)

Antonio Móbil | Política y sociedad / LANZAS Y LETRAS

5 de enero 1822

Anexión a México

A Bolívar, después de libertar cinco pueblos, le decían sus generales:

– Poneos la corona imperial y, con la punta de nuestras espadas, la sostendremos en vuestra cabeza.

Pero Bolívar era un hombre superior a su raza y a su siglo, la tentación no llegó a perturbar la entereza de su alma, ni a tocar la serenidad de su inteligencia.

Con Iturbide la situación varió de aspecto; Iturbide fue un colaborador de la independencia de México; luchó en las filas españolas contra las huestes de Hidalgo y, mediando una apostasía, se vio de pronto en la elevación del mando supremo. La tentación de la corona imperial encontró terreno abonado y el manto de armiño se colgó de los hombros del libertador…

La traición consumada por Iturbide, hubo de refluir sobre las provincias centroamericanas, cuyos hombres vacilaban ante el nebuloso porvenir que se les ponía por delante. Se había vivido durante tres siglos bajo un tutelaje; la acción de la libertad era, para estos pueblos, entorpecedora y difícil; y mientras oteaban en el horizonte la salida salvadora, se desenvolvieron los acontecimientos que daban por resultado la creación de un nuevo imperio. Y pronto llegó la tentación.

Tenían las provincias del Reino de Guatemala, como director, a un viejo verde, traidor y falso; y como colaboradores, tres o cuatro patriotas decididos, que eran desplazados por los intereses mantenidos, por las prácticas y costumbres monárquicas y por las vacilaciones que no acertaban con una actitud firme y resuelta.

El Plan de Iguala y los Tratados de Córdova, levantados a base de añagaza y componenda, quisieron envenenar los países vecinos. Ya la provincia de Chiapas, por acta de 8 de septiembre de 1821 se había adherido al movimiento mexicano; León de Nicaragua aceptaba la independencia de España, se desligaba a Guatemala y se adhería al Plan de Iguala; Comayagua seguía el mismo derrotero de León; Quetzaltenango y Sololá se adherían al nuevo Imperio… El Salvador juraba su independencia absoluta; solo Tegucigalpa permanecía unida a Guatemala, y Costa Rica mantenía una situación neutral y expectante.

De pronto, llega un oficio del excelentísimo señor don Agustín de Iturbide, dirigido a la Junta Provisional: «Guatemala no debe quedar independiente de México –decía Iturbide–, sino formar con su virreinato un grande imperio bajo el Plan de Iguala y los Tratados de Córdova;» y como si quisiese el remitente apuntar un argumento supremo de convencimiento, agregaba: «Guatemala se halla todavía impotente para gobernarse por sí misma, y llegará a ser objeto de la ambición extranjera». Para completar la obra, Iturbide agregaba una mentira gorda: «Marcha en estos momentos hacia la frontera un grueso ejército protector…».

La Junta Provisional, con el pillaste de Gaínza a la cabeza y don José Cecilio del Valle a la zaga, sacudida por un temor infantil, violentó los acontecimientos; y en vez de esperarse a que se reuniese el Congreso general que ya estaba convocado para febrero, resolvió abrir cabildos, para que todos los ayuntamientos de los pueblos conociesen del llamado que se hacía de México, y se resolviese por plebiscito lo que mejor conviniera. El resultado de tal procedimiento era fácil de preverse. Los peninsulares, los criollos, los españolizados, se manifestaban en una gran mayoría y mostraban sus inclinaciones a la restauración de regímenes abolidos y disponían de las abrumadoras masas analfabetas. Los patriotas estaban en menor número y llegaron a ser objeto de encono, por parte de los amigos de la anexión.

Deben consignarse los nombres del doctor don Pedro Molina, de don José Francisco Barrundia y de don José Francisco Córdova, como la trinidad patricia que se oponía con toda brillantez de su dialéctica y de su valor moral, a la pérdida de la independencia. Sobre ellos se descargaban los rayos de los imperialistas. Era tal la intensidad de la corriente, que el síndico municipal don Pedro de Arroyave, para cortar por lo sano, pidió a la Junta consultiva que se decretara la expulsión de esos tres hombres, considerados como peligrosos para la tranquilidad de la nación.

Vencieron al cabo las fuerzas que se movían del imperialismo. En una sesión celebrada el 28 de noviembre se acordó dirigirse a todos los ayuntamientos para que, a cabildo abierto, se requiriera el parecer de los pueblos. La circular se mandó a los dos días, y el 5 de enero, se levantó en el Palacio Nacional el acta famosa de la anexión, documento que causa pena al patriotismo y rubor a la dignidad. De esa acta saco los pormenores que en seguida apunto:

De los ayuntamientos que respondieron a la Junta, 104 convinieron llanamente con la unión a México; 11 pusieron algunas condiciones; 32 se sometieron a lo que dispusiera la Junta; 21 estuvieron por lo que resolviera el Congreso que estaba convocado para febrero; y 2, ¡solamente!, estuvieron por el rechazo inmediato de la invitación de Iturbide.

La Junta desde luego reflexionó así: Hecho un cálculo aproximado, sobre los censos existentes y las respuestas de los ayuntamientos, se ve que la voluntad manifestada llanamente por la unión, excede a la mayoría absoluta. Y computándose la de la Intendencia de Nicaragua que desde su declaratoria de la independencia de España, se unió a la de México; la de Comayagua que se halla en el mismo caso; la de Chiapas que se unió al Imperio, antes de declararse la independencia; la de Quetzaltenango, Sololá y otros pueblos, ya se han adherido con antelación, se encuentra que la voluntad general se eleva casi a la totalidad; y teniendo presente la junta que deber, en este caso, no es otro que trasladar al gobierno de México lo que los pueblos quieren, acordó verificarlo así…

Y la anexión al Imperio mexicano se consumó, sin que nadie, en aquellos momentos, supusiese cuán efímero iba a ser el nuevo estado de cosas y cuántos quebrantos, dineros, energías y esfuerzos iba a costar a Centro América, la ligereza de ser cola de león, en vez de cabeza de ratón…

Los personajes que suscribieron el acta de referencia son los siguientes: Gabino Gaínza, que hubiera sido capaz –así era de desvergonzado y majagranzas– de vender a la autora de sus días; el marqués de Aycinena, que no podía renunciar a un título nobiliario y, por el contrario, tenía que buscar la forma por la cual se le agradase, y, de marqués, saltar a duque; don Miguel Larreynaga, hombre de mucho saber, pero acomodaticio y bailador; don José Cecilio del Valle, el hombre funesto de nuestra política, taimado, tornadizo y vano; don Mariano de Beltranena, emparentado con el núcleo de la aristocracia criolla; Manuel Antonio Molina; Antonio Rivera; José Mariano Calderón; José Antonio Alvarado; Angel María Candina; Eusebio Castillo; José Valdés; José Domingo Diéguez y ¡quién lo dijera!, José Mariano Gálvez, el que más tarde fuera portaestandarte del liberalismo y enemigo acérrimo de los aristócratas…

La fecha del 5 de enero tiene, así, una significación extrema; tres meses y medio hacía que se había levantado un acta, redactada por el sabio Valle, declarando la independencia de las provincias de Guatemala, del gobierno español, y al correr de esos tres meses y medio, el mismo sabio redactaba otra acta, en que se perdía la independencia conquistada por el esfuerzo de los patriotas y de los hombres honrados. La anexión a México era la pérdida de la nacionalidad, el empalme de nuestras tierras, la creación de un poder, del que la patria sería tributaria y servidora. Y mientras tales actas se levantaban, Molina, Córdova y Barrundia, se movían como lanzaderas, tratando de cohonestar los avances del medro particular, que aparejaba la desventura nacional.

Las votaciones de los ayuntamientos deben considerarse como impensadas y violentas; las circunstancias eran las menos a propósito para resolver problemas vastos, en términos de tiempo premiosos. Y así, la incorporación al Imperio mexicano resultó un acto festinado, hábilmente seguido por los que buscaban un interés personal. Solo El Salvador, como en muchas circunstancias de la vida comunal, se mantuvo en su gesto altivo y llegó a tomar las armas, a desligarse de Guatemala y hasta proclamó la utopía de anexarse a los Estados Unidos, asustado de caer bajo la coyunda de un gobierno, que resucitaba las acciones ya sepultadas de los privilegios, de las castas, de las concesiones y de los odiosos distingos.

El 5 de enero de 1822, es una fecha de luto. En su oportunidad, haré recordar al lector el largo cortejo de desventuras que nos dejara la inolvidable anexión a México.


F. Hernández de León. El libro de las efemérides. Tomo I. Páginas 27-32.

Antonio Móbil

Escritor, editor, poeta, diplomático, apasionado por la vida y la belleza, defensor de la justicia y la equidad en todas sus acepciones y contextos. Exiliado por su pensar y decir, ha descubierto en la reflexión sobre la plástica una de sus grandes pasiones.

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