Monólogo sonámbulo

-Héctor J. Álvarez-

¿Es el tiempo o soy yo?

Yo no tengo la culpa de lo que viene ocurriendo con las puertas de la ciudad. Yo me quedo quieto y espero, qué otra cosa puedo hacer si basta con tocar un picaporte para que los porteros comienzen a enumerar mis fracasos más notorios. Aquí, mentar a la lluvia es como pronosticar una inundación. Para eso mejor apagar el último fósforo y no hacer caso del destello de la brasa sobre mis uñas manchadas de nicotina. Otra cosa sería desconocer la melancolía de mis únicos zapatos debajo de la cama. Antes sí que daba gusto salir a deambular por terrazas y tejados, la gente comprendía y se apartaba hospitalaria. Ahora, en cambio, como nadie anda seguro, se procuran la custodia de un buen reloj despertador. ¿Qué sería más sensato, entonces, asumir mi desnudez o el roce de las ropas? ¿No será que debo aceptar mi destino de funambulista y conformarme con hacer equilibrio en cornisas deshabitadas? Faltaría más; no voy a ser yo quien esta noche le entibie las sábanas a la amante de los cerrajeros.

Tal que si de ciego fueran mis brazos extendidos rastrean la materia que disimula el vacío.

Alguien debería hacer callar a esos niños apenados que se asoman a la claraboya. Y cuando digo apenados bien podría decir felices; en verdad ignoro si lloran o festejan. Lo único cierto es que no tienen derecho a perturbar mi retiro: no fue en busca de público por lo que subí hasta aquí. Y no es que pretenda dominar sus voluntades, la claraboya está ahí, si quieren mirar que miren, de lo contrario la habría clausurado. Bastaría con que se callaran; si alguien pudiera hacerlos callar, son tan jóvenes que si espiaran en silencio se morirían de aburrimiento. ¿Lo sabrán? Al menos lo sospechan. No se me ocurre otro motivo que justifique sus gritos, salvo que busquen llamar la atención de los más grandes para sumarlos al alboroto. En ese caso, por peso propio, terminarán por quebrar los cristales. Los oigo retumbar sobre el piso de madera como pájaros migratorios abatidos por la fatiga. No, si en cualquier momento los padres allanarán el altillo y me arrastraran escaleras abajo para exponerme en la plaza pública al desprecio de los habladores. Charlatanes de feria habría que llamarlos, antropófagos de palabras, no se detendrán hasta devorarse la propia lengua. Seguro que ellos adiestraron a las criaturas para rastrear mi escondrijo; qué digo escondrijo si yo no me escondo de nadie. Son ellos los que temen la soledad y se ocupan de hacer barullo para no pensar; son ellos los que se juntan para repartirse el miedo que los arrojó a la farsa que ahora niegan o no quieren recordar. Yo recuerdo y ese es mi castigo: no encontrar nunca el lugar que alguna vez reconocí como mío, ni un aroma, ni un color y, sin embargo, ese impulso irresistible de caminar por los techos de madrugada, hacer equilibrio en los cables de alta tensión, buscar una pista en balcones abandonados. ¿Qué podría encontrar debajo de unas tejas rotas abrillantadas por el rocío? A veces pienso que soy las ganas de otros y me da miedo. ¿Se llamará ausencia o abandono el vacío que me sostiene? Arrójenme piedras, entonces, sin piedad, arránquenme los párpados y pongan mis ojos a secar al sol del mediodía; yo solo pido que alguien haga callar a esos niños. ¿Es que ya no queda nadie que pueda hacerlos callar?

Certeros, mis pies enhebran huellas ajenas que suspiran aliviadas cuando las arrojo tras de mí.

No, no me despierten que trae mala suerte, Si no le hago mal a nadie, déjenme, no me despierten. Ni aun a punto de pisar un charco de escarcha o las escamas de un pez, déjenme nomás, yo sé lo que les digo; después se van a arrepentir. Estoy bien así. Es verdad, detesto el agua pero solo cuando está quieta, en movimiento es otra cosa: no puede haber música mejor que la que cabe en una gota de lluvia. Y no me refiero al sonido infame que hacen al golpear el asfalto; por eso miro siempre hacia arriba, no me entretiene saber de ellas cuando desaparecen de mi vista, solo quiero oírlas vibrar en el aire. Es una música que dice cosas pero no de forma lógica. Es sonido puro y mi mente lo contempla como tal: al mirarlas escribo el texto que está en la mirada, me escucho. Ellas son tan fugaces y mi vida tal anacronismo que me voy a morir sin descifrar el enigma que nos distingue. Cómo va a preocuparme entonces un resfrío o un catarro. Para qué perder el tiempo en quitar el musgo que me recubre. No insistan, nada de mantas ni de paraguas, déjenme, si solo es un cuerpo –que ya no mío– empecinado en buscarme.

Si, nosotros ya pasamos por aquí.


Héctor J. Álvarez

(Buenos Aires, Argentina; 1950). Está radicado en Suecia desde 1978 donde se desempeña como técnico de multimedia en la Real Universidad Tecnológica de Estocolmo. Es miembro de la Asociación de escritores suecos. Ha publicado Cuentos prófugos (1993, Suecia, Ed. Saltomortal), El faquir (2002, Suecia) y Silbo solo (2006, Argentina, Ed. Libros de tierra firme. Segunda edición 2007, Argentina, Ed. La voz del espejo). Ha sido también traducido al sueco, Askar (2004, Suecia) y además está representado en la Antología del cuento latinoamericano en Suecia (1995 Suecia, Ed. Invandrarförlag) . Su poesía puede encontrarse, además, en revistas y periódicos de Europa y en la Antología de poesía latinoamericana (México, 2005)

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