Los estímulos (II)

Luis Melgar Carrillo | Política y sociedad / NUESTROS HIJOS

Cuando se dirige un estímulo, siempre se tienen por lo menos tres posibilidades de respuesta. La primera es que la comunicación sea aceptada por quien la recibe. La segunda es que sea ignorada. La tercera es que sea rechazada. El grado de aceptación o de rechazo que pueda tener un receptor ante un estímulo recibido, es en función de las referencias mentales que tenga en su cerebro. Estas referencias son consecuencia de sus experiencias.

El cerebro direcciona los estímulos recibidos, para asociarlos con registros grabados en el pasado. Si no hay referencias anteriores, no hay respuestas a emitir. Hay situaciones en las cuales se le da un estímulo positivo a alguien, y… simplemente no hay reacción. Por ejemplo, se le dice a un subalterno “Qué inteligente que es usted”. Y ante ese mensaje no hay ninguna respuesta. También se da el caso de que se insulta a una persona, y ante la agresión, el receptor se queda impávido como si no lo hubiera escuchado.

Lo que ha sucedido en estos casos es que por no haber referencias anteriores, no existen lazos emocionales que puedan motivar hacia una respuesta. Si una persona nunca ha recibido un insulto, cuando sucede, probablemente su interpretación interna sea algo como lo siguiente: “Esa es la mera opinión de este que me agrede. Mi madre no es lo que piensa esa persona”. Y… ante la ofensa recibida, no se altera.

Las respuestas emocionales son proporcionales a la intensidad y frecuencia tanto de las gratificaciones como de las agresiones que hayan quedado registradas en el cerebro. Las respuestas emocionales se producen cuando, ante los estímulos recibidos, el cerebro direcciona los mensajes hacia situaciones experimentadas en el pasado. Se debe tener presente que cada experiencia del infante lleva pegada como un sello las emociones asociadas.

Un niño que en su primera infancia fue agredido, probablemente pueda reaccionar con violencia, cuando evoque el rencor sentido de pequeño. El dolor que sintió en su niñez lo vuelve a repetir ante la nueva agresión. Sin embargo, si al niño se lo humilló severamente y con mucha frecuencia, probablemente llegue a inhibirse su personalidad. Un niño inhibido reacciona con sumisión y no con violencia ante una nueva agresión. En todo caso, tanto la respuesta violenta como la de sumisión son el reflejo de una personalidad que ha comenzado a deteriorarse.

Por todo lo anterior, los padres pueden reflexionar que deben tener mucho cuidado con los mensajes que dirigen a sus pequeños. Lo anterior lleva implícito que los mensajes que salgan de su boca, los edifiquen. Además, deben tratar que sean mensajes que provoquen en ellos sentimientos positivos. Lo anterior también lleva implícito que en la relación con el infante procuren evitar las agresiones y ofensas que vengan a provocar sentimientos negativos.

Es imposible que se dejen de grabar emociones. Por tal razón los padres deben buscar emitir únicamente mensajes que resulten en grabaciones gratificantes. Lo anterior significa que en su secreto, a espaldas del menor, planifiquen el tipo de palabras que conviene usar en el diálogo con él. Para lograrlo significa que estos padres hagan un esfuerzo de reflexión acerca del tipo de situaciones que se pueden presentar. Por ejemplo, en la reflexión se puede analizar el tipo de lenguaje que se va a usar cuando el menor cometa un error. También se puede analizar las formas de trato cuando el pequeño no obedece.

Es muy importante que estos padres le dirijan al niño mensajes exentos de emociones personales. El control emocional que proyecten los padres ante el menor puede definir el grado de estabilidad que están sembrando en él. Este grado de control es el resultado de un esfuerzo de reeducación personal que deben tener los mismos padres. No es fácil lograrlo. Sin embargo es conveniente que mejor se queden callados antes de proferir palabras que lastimen a su hijito.

Cada diálogo se puede orientar para tratar que las emociones que finalmente queden grabadas sean positivas. El propósito final es planificar en cada diálogo, una edificación. El resultado final de este propósito es consolidar en el niño una personalidad agradable y constructiva. Una personalidad que provoque, con sus respuestas, reacciones de aceptación por parte de las otras personas.


Imagen proporcionada por Luis Melgar.

Luis Melgar Carrillo

Ingeniero Industrial, Colombia 1972. Máster en Administración de Empresas (INCAE 1976). Nueve libros. (Dos aparecen en Google). Autor de 20 artículos (revista Gerencia, Guatemala 1994 -95. Director de Capacitación (Asociación de Azucareros de Guatemala). Director de Recursos Humanos (Polymer-Guatemala). Excatedrático en universidades de Costa Rica, Guatemala y Tepic, México. Residencia en Tepic.

Nuestros hijos

4 Commentarios

Aurea calderon 11/07/2018

Muy interesantes y atinadas, las enseñanzas planteadas por el Master. Luis Melgar. Es preciso que los padres y los abuelos tomemos nota del trato positivo y edificante que estos artículos recomiendan para los niños. Mis felicitaciones.

    Luis Melgar Carrillo 13/07/2018

    Estimada Aurea: Muchas gracias por el comentario. Creo que si todos contribuimos con nuestro grano de arena para tratar de formar mejores ciudadanos, vamos a ir sacando a nuestros países del subdesarrollo. El Doctor Jaime Barrios Peña (Q.E.P.D) recalcó en varios de sus libros que el subdesarrollo es mental.

Andrea 11/07/2018

Muy buen artículo que destaca la inaplazable importancia de concienizar a la población sobre el compromiso que se adquiere ante la sociedad y la vida cuando se une en pareja..

    Luis Melgar Carrillo 13/07/2018

    Estimada Andrea: Muchas gracias por su comentario. Educar a los hijos no es fácil. Nadie nace aprendido acerca de la mejor manera de hacerlo. Creo que divulgando las experiencias positivas que cada uno vaya teniendo, es una manera de edificar a las personas que comienzan con sus hijitos. La responsabilidad que tenemos como ciudadanos de divulgarlo, es un compromiso moral.

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