Las gracias del diccionario

-Leonardo Rossiello Ramírez / LA NUEVA MAR EN COCHE

Alguien vino y me regaló una palabra: ‘palabroso’. A mí, dechado de parquedad. Habría querido agradecerle de manera efusiva, pero me di cuenta de que bastaba con una palabra. Después fui al Diccionario de la Lengua Española, vigésima segunda edición, de 2001 (también un regalo) y vi que era un colombianismo, marcado como tal así: Col. Uno aprende cosas todo el tiempo. Al final uno aprende hasta a callarse la boca. Pero qué importante es ser agradecido. Expresar el hecho de haber recibido uno o varios dones, es decir, gracias. Así, quien da un don o una gracia, recibe a cambio algo: las gracias, el agradecimiento. Me lo pensé bien y creo que en la mayoría de los casos, basta con decir: «Gracias».

A menos que uno sea un diccionario, no se puede agradecer con muchas palabras. Pero si uno es un diccionario, un diccionario en lengua castellana, puede agradecer usando cada una de las casi nueve decenas de miles de palabras, o lemas. Puede usar sus distintas acepciones, puede emplear cada uno de los más o menos quince mil verbos y sus variadas flexiones y, por si poco fuera, en diferentes tiempos verbales.

Agradece uno por la gloria del día y la naturaleza, por los hijos y el amor, por los amigos y la comida, por la vida en todo su esplendor y su miseria y, en algunos, terribles casos, hasta por la muerte. Es mucho decir. De hecho, uno puede agradecer en orden alfabético y con palabras y locuciones clasificadas por clases y usos. Pero eso no es todo, porque uno puede indicar en numerosos casos de qué lengua derivan las palabras que va a usar para dar las gracias. Y puede, al agradecer, informar también dónde se usan, por ejemplo, si se trata de un mexicanismo, un chilenismo, un argentinismo, un paraguayismo, un guatemaltequismo, un colombianismo, etcétera. O, hasta incluso si se trata de un regionalismo o de un americanismo.

Desde la época del viejo Covarrubias hasta no ha mucho, lo que ningún tesauro había podido decir (decir, verbo de dicción apropiado para un diccionario) era cuándo una palabra o locución se consideraba un españolismo.

Esto es un poco extraño. Más de veinte países hay que tienen el castellano o español como lengua oficial, y casi cada uno existe con su diccionario (a veces varios) de usos propios del país, mientras que uno de ellos, España, no. La razón parece estribar en que los diferentes repertorios que pululaban en castellano por el mundo eran descendientes de generaciones de Diccionarios de la Real Academia Española, cuyo arranque data de una resolución del siglo XVIII. Fue orden de un monarca ”ilustrado” pero colonialista: típico engendro moderno. Pero este, a su vez, tenía sus raíces en el diccionario de Covarrubias, que a su vez abrevó en la Gramática de Nebrija, de la infausta fecha de 1492.

¿Será que este descendiente de lo real-colonial se ha vuelto republicano y no es un Diccionario de la Real Academia Española? De ninguna manera. Es mero politicorrectismo (a ver si me acuñan este neologismo, señores y señoras del DLE) del puro y duro. Si bien se lo conoce como DRAE, Diccionario de la Real Academia Española, en verdad se titula como sus recientes antepasados, Diccionario de la Lengua Española.

Ahora bien: ¿de cuál de ellas? No del gallego; no del euskera batúa (o vascuence); no del valenciano; no del aranés; no del catalán, para hablar de las lenguas cooficiales del Estado español; no del asturleonés; no del aragonés; no del bable; no del rifeño; no del caló.
De la lengua oficial (si hemos de creerle al artículo tres de la vigente Constitución española): el castellano. Con arte de birlibirloque (¿quién dijo que la magia excluye la lógica?), el castellano pasa a ser «LA lengua española».

Venga, tío, a por ellos. Nos cargamos las lenguas cooficiales y las otras también, y ya está. En el Gabinete de Curiosidades de las Gracias del Diccionario, uno encuentra más. Se presenta como panhispánico (porque fue ejecutado -elocuente verbo- con aportes de corporaciones de la Asociación de Academias de la Lengua Española, ASALE); ”agrega mucha y nueva información sobre vocabulario específicamente americano”. Notable.

La verdad es que el castellano recibió y continuamente recibe aportes de muchas otras lenguas, como el latín, el griego, el portugués, el francés, el italiano y el inglés, sin olvidarnos de los más de cuatro mil vocablos de origen árabe. Nuestra América ha hecho aportes considerables desde la época de Colón. ‘Huracán’, ‘maíz’, ‘barbacoa’ y ‘tabaco’ vienen del taíno; ‘guayaba’, del arahuaco; ‘papaya’, del caribe; ‘cancha’ y ‘papa’ del quechua, etcétera. Los diferentes americanismos enriquecen permanentemente el castellano. Por ejemplo, ‘hincha’ es aporte de Uruguay [1], cosa que el diccionario no señala.

¿De cuántos americanismos estamos hablando? De más de 70 000 (y 120 000 acepciones), que es la cantidad de lemas que tiene el Diccionario de americanismos, publicado por la ASALE en 2010. Vamos, que Hispanoamérica es una potente fábrica de palabras castellanas, de las cuales muchísimas aún no están incorporadas al catálogo. Los aportes de ese lado del Atlántico, incluidos los del no siempre eufónico castellano de Estados Unidos, son ya mucho más numerosos que los peninsulares.

No sin asombro ante el circo de órdago (vaya, una locución adjetiva de origen vasco) en torno al referéndum secesionista del Govern catalán, un taíno…, bueno, un descendiente de los taínos… tampoco (es que se los cargaron a todos). Un caribeño, pongamos por caso, podría necesitar un diccionario de españolismos. Querría saber si, por ejemplo, ‘gilipollas’, ‘Mossos’, ‘patán’, ‘govern’, ‘sedición’, ‘encanallar’ y otras palabras recurrentes en la prensa están en el dicionario y si son o no españolismos, sin tener que ir al DLE, sino, directamente, a un necesario Diccionario razonado de españolismos. Querría, como muchos, que se dé vuelta a la tortilla española, al menos en ese sentido. Las Academias de la Lengua Española (y dale con el singular…) también deberían, más que reclamarlo, hacerlo. Esperemos la esperanza y, en tanto, demos gracias a todos los diccionarios por sus gracias, pese a las falencias que puedan tener.


[1] Para que no dejes de darme las gracias por no ser palabroso, oh lector amantísimo, en otra ”La nueva mar en coche” te contaré la historia de esa palabra.

Leonardo Rossiello Ramírez

Nací en Uruguay en 1953 y resido en Suecia desde 1978. Tengo tres hijos, soy escritor y profesor en la Universidad de Uppsala.

La nueva mar en coche

Un Commentario

Rodolfo Alvarez 07/11/2017

Ya puede agregar otro americanismo, viejo Leo, la palabra VALLENATO, correspondiente al aire musical que se interpreta originalmente con caja, guacharaca y acordeón – nacido en el Valle del Cacique Upar – cuyo nombre dio también origen a la ciudad de Valledupar al norte de Colombia y que corresponde al gran valle entre la Serranía del Perijá (frontera con Venezuela) y la Sierra Nevada de Santa Marta, de ahí la palabra: «valle natos».
Según la RAE, el próximo mes queda incluida oficialmente la palabra en el diccionario después de varias solicitudes de académicos colombianos para denominar, no solo el aire musical, sino el gentilicio de los nacidos en Valledupar, capital del Departamento del Cesar.

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