Las alegres elecciones que dan tristeza (II)

Jorge Mario Salazar M. | Política y sociedad / PALIMPSESTO

Cuando los militares y la oligarquía comenzaron con la transición hacia la democracia, hicieron que esta fuera liderada por el general chusema, debido a que este había ganado las elecciones de 1974 encabezando la alianza democratacristiana – socialdemócrata, fuerzas políticas y sociales consideradas comunistas por el poder real, aunque, en la realidad, tanto la DCG como el PRA eran tendencias anticomunistas pero con un compromiso modernizante y progresista. El magisterio, el cooperativismo, los movimientos de los sin techo y algunos intelectuales se movilizaron para ganarle las elecciones a la camarilla empresarial militar que había formado una especie de carrusel, en donde la opción presidencial la determinaba la jerarquía del Estado Mayor del Ejército y el Ministerio de la Defensa. Por eso seleccionaron al general Efraín Ríos Montt para encabezar simbólicamente el reinicio de la fiesta electoral y del pacto social. Un caudillo aclamado a quien se le habían robado unas elecciones, trastornado por el alcohol y la religión fundamentalista, alucinado y ungido por la misma mano poderosa de sus fantasías místicas.

Así comenzó la transición que en año y medio mostró la zanahoria de los cambios necesarios para la estabilización del poder político y la brutalidad del garrote, masacrando más de 400 comunidades, aldeas y caseríos rurales en su afán por quitarle la población al territorio seleccionado por la guerrilla. La hegemonía absoluta la construyó el Ejército en esos territorios a fuerza de masacrar a quienes pensaran diferente, a los desobedientes, construyendo su red de control social. No es casual que en la zona de mayor intensidad del conflicto armado la gente vote por las opciones más antipopulares. En el segundo tiempo de esta estrategia de recuperar el poder limpiamente, la alianza oligárquica militar dio golpe de Estado a Ríos Montt y llamó a formar una nueva Constitución Política republicana para el país, una CPRG muy moderna, trayendo a la vida pública órganos de fiscalización autónomos como la Corte Constitucional, el Tribunal Supremo Electoral y el Procurador de los Derechos Humanos, para darle credibilidad al sistema.

No obstante, la cultura política se fue centrando en las viejas tradiciones militares y autoritarias que se quedaron al centro de la burocracia. Tanto de manera abierta por medio de oficiales retirados o bien por medio de militares encubiertos y serviles orejas que permanecieron en las instituciones del Estado, conocedores de las leyes y de las formas de evadirlas, el Ejército se acomodó para ejercer el control desde las instituciones y dar cumplimiento a las directrices del modelo económico favorable a los oligarcas. Los tecnócratas que son fieles a las directrices de la inteligencia militar-empresarial, revisan escrupulosamente cualquier iniciativa de ley o decreto que amenace el statu quo, así como el control del personal y de las organizaciones de trabajadores del Estado. Entre la burocracia se viven los mayores respetos por los militares, el mayor odio a los indígenas, a las demandas sociales por el territorio, género y por las preferencias sexuales. Expresan una resistencia activa a todos los cambios progresistas, amparados por la ley.

El sistema electoral y de partidos políticos que se enmarcó en la CPRG y que se le dio vida con la Ley Electoral y de Partidos Políticos –LEPP–, rápidamente fue rebasado por la realidad, en el sentido que los elegidos adquirían, junto con los privilegios, toda la impunidad durante 4 años o más. Pero sin partidos que sean instituciones de derecho que formen una cultura de participación ciudadana. Ha sido un propósito del poder económico que los partidos no sobrevivan más de un período legislativo, desde que les «invierten» para una campaña electoral a cambio de votos a las leyes que les conviene. En toda la historia democrática, ningún partido que haya obtenido la Presidencia ha sobrevivido con capacidad de ganar una reelección. La naturaleza de los partidos políticos es de acarrear a candidatos para la complacencia del poder económico y luego desaparecer. Ese es el juego democrático y de eso no se salva ninguna de las organizaciones políticas actuales.

Así, llegamos 34 años después de un proceso democratizador artificial montado para oxigenar la antigua dictadura militar. Hoy, los dos mismos actores, Ejército y oligarquía, controlan un escenario político en el que no caben dudas de su inoperancia y falsedad. Es la suma de todas las mentiras. Dos docenas de presidenciables. Entre ellos, delincuentes declarados, procesados y prófugos. Unos, declarados candidatos en abierta ilegalidad del Tribunal Supremo Electoral. Otros, impedidos de participar por medio de tropiezos leguleyos o burocráticos. Unos con acusaciones pendientes pero protegidos por la impunidad, otros cercados por las mafias coludidas con autoridades. La propaganda y el discurso de los medios de comunicación enredan y revuelven el sebo con la manteca.

Narcotraficantes y burócratas van al mismo saco, limitando la capacidad de la ciudadanía para discernir por cual partido votar. Una enorme injusticia crece en medio de toda esta corrupción del sistema democrático. Se pierden otros cuatro años y se vuelve más incierto el futuro inmediato del país. Las elecciones no definirán el rumbo de la política. Esta se define ahora mismo en las cortes y en las salas de crisis del poder económico.


Fotografía principal tomada de Porttada.

Jorge Mario Salazar M.

Analista político con estudios en Psicología, Ciencias Políticas y Comunicación. Teatrista popular. Experiencia de campo de 20 años en proyectos de desarrollo. Temas preferidos análisis político, ciudadanía y derechos sociales, conflictividad social. Busco compartir un espacio de expresión de mis ideas con gente afín.

Palimpsesto

Correo: jomario.salazar@gmail.com

Un Commentario

CIRCULO CULTURAL DE POETAS LATINOS 11/05/2019

G U A T E M A L A. NO MÁS.
Planto. Terceto encadenado
Poemas por la PAZ

Guatemala, oro por ti
por las brozas de difuntos,
ya, luchemos, comprendí.

Unión nacional, juntos
por libertad, paz, perdida,
por los decretos disyuntos.

Al, invisible, homicida,
verdugo, tome consciencia
por ser paria genocida.

Tiembla pueblo, se silencia
ave muda, no al Quetzal
que hoy emerge sin violencia.

Explotación mineral,
impone insinceridad
que sin duda es inmoral.

Muerte por casualidad
es igual matar hermano
y de lesa humanidad.

Aquí levanto mi mano
el derecho recupero,
grito, ¡Levántate hermano!

La patria con llanto fiero
de pié, exige, NO MÁS.
Yo a mi Guatemala quiero.

Azotada, no verás.
Señor, dadnos tu grandeza
con tu alivio y fortaleza
bendecida romperás.

Dr. Rafael Mérida Cruz-Lascano
“Hombre de Maíz, 2009”
Guatemala, C. A.

El planto (o llanto), Es un subgénero de la poesía lírica de carácter épico-juglaresco cómo clerical. y surgido de la lírica tradicional, si es de carácter culto, se denomina planto ó endecha. Se denomina “Elegía” Si se trata por el lamenta del fallecimiento de un ser querido. Su combinación estrófica es amplia pero las más popular es la de tercetos encadenados en versos octosílabos.

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