La capital de los ángeles

Jaime Barrios Carrillo | Política y sociedad / SIGNOS

¿Quién no recuerda con emoción esa imagen del Quincho Barrilete deslizándose con la potencia abrazadora de su auténtica alegría? La época en que creíamos que el mundo debía transformarse en beneficio de lo más valioso de la humanidad: la infancia. ¿No fuimos acaso entonces también como niños de nuevo, soñando con un mundo más justo, más equilibrado y solidario, donde todos serían considerados como personas?

Si nos atenemos a las estadísticas mortales, esta humanidad adulta, más allá de sus ideologías, siguió sin embargo abandonando con inquina inexplicable a la causa de la infancia. La situación es trágica e inaceptable. Decepcionando a los millones de adultos del futuro, si es que los niños pobres de hoy en día llegan a adultos y si hay futuro para ellos. Un continuo frenético de violencia, de imperios narcotraficantes; la insana realidad de millones de niños que mueren al año por enfermedades curables o por inanición. ¿Hemos vuelto a la barbarie a pesar de la revolución electrónica? ¿No serían más humanos los humanos de otros siglos?

En una pintura medieval un artista anónimo europeo pintó la Capital de los ángeles. Son las almas de los niños muertos sin pecado, que van ascendiendo como en un río blanco hacia el cielo. ¿Qué había visto aquel artista anónimo? ¿Qué quiso decir con ese lenguaje simbólico reflejado en su lienzo?

Visualizo ahora el maravilloso cuadro de un pintor español. El título de la obra es Muchachos comiendo uvas y melón. Los niños pobres pero alegres de Murillo. Los que vio seguramente en el sueño, o era quizás lo que recordaba de su infancia idealizada (toda infancia pasada fue mejor, diría Manrique). Bartolomé Estabán Murillo nos habla desde un rincón de su siglo de pestes y guerras y miseria, para repetirnos con colores y formas, lo que dijo el maestro de todos los artistas. «Dejad que los niños vengan a mí…».

Pero continuamos viendo procesiones de almas blancas que ascienden trágicamente a esa simbólica Capital de los ángeles. Los niños sin infancia (y sin pecados, ni culpa alguna) en un época de acciones violentas que se desarrollan en las bolsas de las grandes capitales, en las bolsas infladas y cerradas que no saben que el camello no pasará por el ojo de la aguja. Los niños muertos que no serán adultos en la fruta podrida, porque la piedra se nutre tan solo de la piedra. La impiedad y la inconciencia se dan la mano en el banquete de los asesinos.

Y pobres entre los pobres de la tierra son los quinchos sin barrilete, de gran parte de esta pequeña región de la humanidad llamada Guatemala. Patria es humanidad. Porque los niños no son solo el futuro de la patria, son la patria. Bastaría con volver a esas páginas del El señor presidente donde Asturias narra con convicción desesperada la historia de la humilde Fedina Rodas. Intercalando capítulos nos cuenta de la brutal detención, el interrogatorio sin sentido y la creciente ansiedad de la madre que quiere dar el pecho a su bebé, también preso él, al cual oye llorar demasiado cerca para sus oídos de madre, pero muy lejos para su eterna tristeza.

En un breve relato de otro escritor, se le secan los senos a la india Cayetana que se ve obligada a darle a su hijo «atol con el dedo, que es lo que nos han dado siempre…», escribe José Barnoya en El tránsito.

Augusto Monterroso ha sido categórico con el aforismo de considerar a la organización social de un país donde los niños trabajan y los adultos son desempleados, como verdadero excremento. Sin eufemismos Tito afirma llanamente que tal organización: «Es una mierda».

Porque la infancia es el tiempo de los tiempos. Pasa pronto y según los sicoanalistas no termina nunca. Innegociable resulta entonces robarles a los niños su infancia. Irreparable lesión del futuro, abominable condición del pasado. En la infancia todo sueño y representación es posible. ¿Pero qué es posible para los niños de la calle? ¿Qué dirán dentro de cien años sobre esta época brutal, donde ser niño es el delito más castigado, pues se paga con la pena de muerte por inanición o por enfermedad o el castigo del trabajo forzado en lugar de la escuela, el juego y la seguridad de un hogar?

Para volar un barrilete no sirven de nada todas las teorías sobre el viento si no hay viento. Un verdadero Viento fuerte asturiano que borre para siempre esas estructuras del odio y el egoísmo. Que haga crecer de nuevo los árboles del optimismo, la solidaridad y sobre todo la capacidad de soñar. Es peligroso soñar mucho, dicen algunos, pero resultará siempre más peligroso dejar de soñar. «Yo tengo un sueño…» (I have a dream) dijo un mártir y puso un movimiento a caminar.

Despertar y destruir la pesadilla del artista medieval expresada en su Capital de los ángeles. Entonces volverá el verdadero sueño de las frutas como lo expresa García Lorca. Imperativo hoy soñar y actuar por la infancia del mundo, y por la guatemalteca en particular. Se pide también que cese la violencia. Que no se compren más tanques ni fusiles y en su lugar se adquieran más lápices y libros. Necesitamos un ejército de educadores más que uno de maleducados chafarotes. Que se entienda también que no existe ninguna mano invisible que pueda asignar recursos por la magia misma de mercado, si la población está excluida del mercado. Y recordar de nuevo que la corrupción es un delito imperdonable en un país pobre, donde a diario no solo mueren niños de hambre sino muchos nacen a morir inmediatamente en los hospitales del Estado.

Por todas estas razones, que considero suficientemente humanitarias, se puede creer que cuando la Capital de los ángeles sea solamente un cuadro medieval que alguien pintó en una época oscura, para dejar testimonio de su tiempo, no habrá más necesidad de despertar a nadie de sus sueños, pues la pesadilla de la pobreza y el abandono serán parte de un archivo prehistórico de la memoria. El que no ha sido niño, difícilmente podrá ser humano.


Imagen principal proporcionada por Jaime Barrios Carrillo.

Jaime Barrios Carrillo

Columnista, escritor, investigador, periodista nacido en 1954 y residente en Suecia desde 1981, donde trabajó como coordinador de proyectos de Forum Syd y consultor de varias municipalidades. Excatedrático de la Universidad de San Carlos, licenciado en Filosofía y en Antropología de las universidades de Costa Rica y Estocolmo.

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2 Commentarios

Elva Esperanza Dieguez Santos 03/10/2019

Guatemala está inmersa en un inmenso torbellino, donde ese relato refleja claramente la falta de humanidad de una sociedad que prefiere alinearse a los fundamentalismos religiosos, para comprar su salvación ante Dios, antes de cuestionarse que somos una sociedad irresponsable que permite el funcionamiento de un Estado deplorable….

Hilda Reyna Barrios 11/04/2018

Realnente es muy imprecionanre este articulo aparte que trasciende por la triste realidad de pobreza y desnutricion de .los niños pobres sin futuro de nuestra querida Patria.

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