Entre fábulas y testimonios: Jimmy Morales y los niños guatemaltecos

-Mónica Albizúrez / INTERLINEADOS

En el campo de la historiografía y la literatura, es relativamente reciente el interés por investigar las infancias. A través de la literatura infantil, las imágenes y los textos autobiográficos se ha ido estableciendo cómo se representaban a los niños en determinadas épocas, y también cómo estos, a su vez, percibían las relaciones y experiencias que los iban conformando hacia la juventud y la adultez. Tal es el caso del libro Un niño en la Revolución mexicana (1951) de Andrés Iduarte, en donde el autor escribe cómo vivió los cambios que supuso aquella etapa histórica: salir de la casa, encerrarse en otras casas, asumir los imaginarios conflictivos de su familia y construir su infancia –juegos, escuela y afectos– en medio de la anormalidad. De esa lectura queda claro lo que se puede deducir al estar en contacto con los niños: tienen una capacidad sorprendente para interpretar el mundo. Lo peor que puede pasar es infantilizar a un niño, hablarle con voz lenta y deformada, pretender que le cuesta entender y contarle historias que esconden la realidad.

Para esta etapa que vivimos en Guatemala, la de la Presidencia de Jimmy Morales, las imágenes y las palabras en sus encuentros con los niños son un material revelador tanto acerca de la visión de Morales sobre la infancia como también sobre las percepciones de los niños hacia el mandatario. Así, en 2016, en la Escuela Oficial Urbana Mixta No. 31 Darío González de Mixco, Morales dirigió un discurso de cuarenta minutos bajo un sol inclemente que dejaba ver el rostro de niños no solamente agotados, sino hartos de la verborrea del presidente. Porque verborrea es la palabra excesiva. Y en efecto, eso son las palabras de Morales con niños y adultos: palabras que exceden la racionalidad y cualquier mínimo sentido de la dimensión de las cosas.

En esa oportunidad, el presidente contó la fábula de la liebre y la tortuga. Este texto originalmente escrito por Esopo –por cierto, esclavo que interpretó relaciones de poder a través de la fábula– y luego reescrito y adaptado a través de la historia por autores como Jean de La Fontaine, sirvió para que el presidente enunciara como lección moral: «No hace falta ser ni el más fuerte ni el más veloz, sino que estudien y sean más inteligentes». ¿Qué sentido podía tener esa moraleja para los niños de la Escuela Oficial Urbana Mixta en Mixco? ¿Cómo contextualizar aquella lección en las condiciones de vida cotidianas? ¿Quiénes, en sus barrios, son las liebres y las tortugas? ¿Gana la ley del más fuerte o la del estudio? La fábula de Morales exasperó la paciencia de los alumnos en esa mañana caliente porque hablaba en abstracto, con el cinismo de quien ignora las percepciones y los razonamientos de un niño de barrios populares en la ciudad de Guatemala, en medio de la violencia, la precariedad y la ausencia de servicios públicos. El testimonio gráfico de un niño cobijado bajo su suéter frente al sol y la charlatanería del presidente, da cuenta de una moraleja fracasada.

Con motivo de la apertura del año escolar 2018, el presidente se dirigió nuevamente a los niños, esta vez en la Escuela El Jícaro, de la aldea Boca del Monte. La fábula pasó a ser testimonio y ejemplo. Morales sostuvo que los sueños se pueden cumplir porque él era vendedor de plátanos en un mercado. ¿En verdad cree Morales que el trayecto de vendedor de plátanos al ejercicio de una Presidencia cínica y mediocre basada en un pacto de corruptos es ejemplo de superación? Agregó Morales, ahora ya en el descenso a manual de autoayuda de tercera categoría: «Solo hay que tener fe en los sueños y se pueden cumplir». Para cumplir los sueños, si a la educación nos referimos, son necesarias escuelas decentes, profesorado formado, sentido de comunidad educativa y un entorno que no convierta a las familias en peregrinos exhaustos que invierten horas en atravesar diariamente la ciudad. Para cumplir los sueños, hace falta algo más que fe, si hablamos de niños que ven en sus barrios cómo las extorsiones cercenan los sueños de vendedores de gas, choferes de camioneta y empresarios emprendedores, a veces de sus propias familias.

Desde Platón a la posmodernidad, la fábula ha sido un género usado para la crítica social y política y, con más asiduidad desde el siglo XIX, su presencia se asentó en el canon de la literatura infantil. En ocasiones, como el caso del presidente Morales, su uso se agota en un pragmatismo disciplinador. No obstante, según Seth Lerer, la fábula invita a reimaginar instituciones e individuos desde la metáfora y el humor. Quizás un buen ejercicio en las clases sería imaginar la escuela y Guatemala como una fábula: narrarla desde los animales y sacar moralejas de vida a partir de las condiciones de vida reales de los niños guatemaltecos. En todo caso, la narración de la liebre y la tortuga podría concluir, para nosotros adultos, que la perseverancia, la dura perseverancia, ha de que ganar la carrera galopante de la corrupción y la mediocridad, en la que Morales juega un papel fundamental.


Fotografía principal de Wilder López, tomada de Soy502.

Mónica Albizúrez

Es doctora en Literatura y abogada. Se dedica a la enseñanza del español y de las literaturas latinoamericanas. Reside en Hamburgo. Vive entre Hamburgo y Guatemala. El movimiento entre territorios, lenguas y disciplinas ha sido una coordenada de su vida.

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2 Commentarios

juan gonzalez 13/02/2018

Dra. Alvizúrez, es un gusto leer sus escritos. Tuve la oportunidad de recibir clases de redacción con usted en el año de 1994 por ahi cerca de la Usac. También, recibí clases del mismo curso con el Dr. Francisco Alvezúrez, quien descanse en paz.

Consuelo 09/02/2018

Enjundioso texto. Me gustó mucho. Gracias.

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