El precedente Molina Theissen

Bienvenido Argueta Hernández | Política y sociedad / DANZA CÓSMICA

6 de octubre 1981

Pasaron casi 4 décadas para hacer justicia de uno de los tantos hechos de barbarie que fueron cometidos durante el conflicto armado interno. Las valientes mujeres Molina Theissen lucharon hasta hacer prevalecer el régimen legal basado en los derechos fundamentales que garantizan la vida de las personas. Ellas alcanzaron lo que muchas familias e individuos aún no han logrado para resolver los delitos de lesa humanidad de los que fueron víctimas. En este sentido, uno podría tomar el caso del adolescente Marco Antonio como un precedente fundamental para la reconstrucción efectiva del país y un paso significativo para resolver otros procesos que den contenido a una de las premisas más importantes para la democracia guatemalteca, sustentada en el concepto y experiencia del Nunca Más. Debemos estar claros que tanto el perdón como los acuerdos o contratos sociales requieren una estructura ética y un sistema normativo que legitime la conformación de un Estado de derecho respetuoso de su principio y razón de ser, la persona humana.

Desde 1954, la élite guatemalteca prefirió en su momento acudir a la violencia de Estado más que a la creación de una democracia efectiva para resolver los problemas y necesidades de la población. Con este tipo de privilegios se mantuvo un régimen de poder en favor de un grupo reducido de la sociedad. Desafortunadamente, como cualquier organización social basada en una institucionalidad que se erige en el uso de la fuerza y la represión, solo se acrecentó el malestar social motivando una respuesta desmedida de las fuerzas de seguridad y el ejército a tal punto que se desvanecieron las condiciones de los derechos humanos, económicos y sociales de la población. Durante los años finales de la década de los setenta y principios de los ochenta, las masacres, violaciones, desapariciones, asesinatos y el control de las poblaciones por la vía de la crueldad fueron la regla desafortunada y deshumanizada en Guatemala.

Los hechos de violencia no fueron aislados o producto de individuos operando a su propio criterio. Más bien la esta se constituyó en una política de Gobierno que traspasó las administraciones políticas, haciendo relevos cada vez más efectivos en contra de las poblaciones. La mentalidad operó en una irracionalidad de destrucción que generó una escalada del exterminio. Todo estaba permitido; la vulneración del otro y provocarle el máximo dolor era la norma hasta desvanecer el honor, la valentía y la racionalidad, a pesar de que, según los grupos de poder, se operaba en nombre de estos valores. La población vivió horrores bajo las formas más aberrantes de infundir temor como masacrar infantes, esclavizar mujeres, secuestrar adolescentes, torturar, desaparecer personas y sobre todo nunca respetar los debidos procesos.

Pero denigrar a las poblaciones no solo fue el ejercicio salvaje de la violencia. También el hecho de negar o resistir a que se conozca la verdad y restituir el derecho a la justicia ha sido una forma de control impuesta en el país. El dolor se quiso recluir en las personas y comunidades que sufrieron la violencia; existió todo un esfuerzo estratégico maquiavélico para que la gente se olvide de la justicia; el olvido era una meta para continuar en una comunidad cavernaria donde se celebra la impunidad en los grupos de poder. Sin embargo, la voluntad de gente valiente como la familia Molina Theissen nos abre de nuevo paso en un largo camino por rescatar el país que nos pertenece a todos y no solo a unas cuantas familias asociadas a un imperio y protegidas por un ejército pervertido en su razón de ser, al romper su espíritu de defensa y protección del pueblo de Guatemala. Gracias a las mujeres Molina Theissen nuestra sociedad puede recuperar las esperanzas en la lucha por la justicia.


Bienvenido Argueta Hernández

Aprendiz permanente de los relatos encantadores de las gentes y explorador de las historias que nos muestran mundos diferentes entretejidos entre poesía, cuentos y pinturas. Me gusta jugar, subir volcanes y cruzar arroyos, recorrer laberintos y ser capaz de observar estrellas, paisajes y sonrisas. Escucho jazz o rap y en los intermedios hago investigación social y escribo sobre filosofía y educación.

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