El peso cultural del trabajo

Olga Villalta | Política y sociedad / LA CONVERSA

Esta semana se celebra el 1º de mayo, Día Internacional de las/os Trabajadores, fecha conmemorativa de los obreros y obreras en el mundo. Tradicionalmente es una jornada en la que se plantean las reivindicaciones sociales y laborales a favor de las/os trabajadores. Su origen se remite al acuerdo del Congreso Obrero Socialista de la Segunda Internacional, celebrado en París en 1889, en homenaje a los mártires de Chicago. La fecha paulatinamente fue extendiéndose a muchos países. Podemos decir que hoy es una conmemoración a nivel mundial.

Pero en Guatemala, en «aras de fomentar el turismo», se incluyó la emblemática fecha entre las que se pueden «mover» hacia un fin de semana próximo, gracias a la reforma aprobada en el Congreso de la República a la Ley que promueve el turismo interno, decreto 19-2018. El objetivo, indicaban los diputados ponentes de la iniciativa, era promover el turismo, haciendo los fines de semana «más largos». La reforma quedó así: cuando un día de asueto coincida en martes o miércoles se traslada al lunes inmediato anterior, y si ocurre en jueves, viernes, sábado o domingo se traslada a lunes inmediato siguiente. Supuestamente, esto permitiría que la población tome esos tres días para visitar los lugares de recreación en los departamentos. Sin embargo, esto solo aplica al 1° de mayo, 30 de junio (día del Ejército) y 20 de octubre (día de la Revolución de Octubre).

Tal parece que ni nos dimos cuenta de que nos quitaron dos fechas emblemáticas, una a nivel internacional y otra a nivel local, pero de gran peso en la historia de nuestro país.

A raíz de esta fecha, me puse a reflexionar sobre si el significado del trabajo es lo mismo para hombres y mujeres. Vinieron a mi mente una serie de dichos sobre el trabajo. Uno repetido por muchas personas es el concepto de que «el trabajo dignifica», lo que hace que no menospreciemos ningún trabajo. Pero también está el extremo opuesto, que concibe el trabajo como una maldición que el dios cristiano impuso a Adán y Eva por haber pecado. Hasta Facundo Cabral, que se la llevaba de filósofo, emitió una frase al respecto: «Mira si será malo el trabajo, que deben pagarte para que lo hagas».

Además de los dichos o frases famosas sobre el trabajo, hay una dimensión poco conocida y es la que tiene que ver con los mandatos de género que pesan sobre hombres y mujeres. Históricamente, a los hombres se les ha orientado a cumplir con el papel de proveedor y, por lo tanto, se considera una obligación que deban trabajar. Tienen que escoger una profesión que les genere dinero, no por el gusto del saber, sino para cumplir su rol de hombres. Y si no les atrae ninguna carrera, se les exige que tengan un oficio. El asunto es que tienen que trabajar para cumplir con su rol de proveedores.

A las mujeres, por el contrario, se les ha orientado a aprender los oficios domésticos, este mandato aún persiste en el imaginario cultural. La Segunda Guerra Mundial obligó a que las mujeres irrumpieran en el mundo laboral y en el espacio público. Es así que esos aires de modernidad llegaron a las niñas de mi generación y entonces deseamos ser «alguien». Ya en esos años, Simone de Beauvoir sentenció la frase: «Mediante el trabajo ha sido como la mujer ha podido franquear la distancia que la separa del hombre. El trabajo es lo único que puede garantizarle una libertad completa».

Hoy muchas mujeres entran al mundo del trabajo, pero se debaten entre el mandato de género que las obliga a «atender la casa» y los compromisos laborales adquiridos en el espacio público, lo cual se traduce en una doble jornada.

El trabajo debería de ser una fuente de disfrute por aplicar nuestros conocimientos, habilidades y capacidades, y no una esclavitud, como lo es ahora.


Olga Villalta

Periodista por vocación. Activista en el movimiento de mujeres. Enamorada de la vida y de la conversación frente a frente, acompañada de un buen café.

La conversa

Correo: olgavillalta@gmail.com

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