El mundial de África

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La principal y más grande fiesta mediática del deporte ha llegado a su fin y, contra muchos pronósticos, el campeón ha resultado el combinado nacional francés, en el que, como dijimos en esta sección, su entrenador supo combinar juventud con experiencia, equivocándonos en la evualuación, pues Didier Deschamps consiguió construir un equipo que, aunque basado en estrellas jóvenes que mayoritariamente juegan en la liga francesa, supo ser siempre un engranaje de piezas muy bien aceitado, superando a alemanes e ingleses, que parecían haber construido una generación ganadora.

Como también dijimos en su momento, los grandes de Latinoamérica, Brasil y Argentina, a pesar de tener una constelación de estrellas, no eran ese engranaje afinado que consiguió armar Didier Deschamps, lo que se tradujo en que si bien superaron la fase de grupos, diseñada para que los países “comparsa” tuvieran sus minutos de fama, no lograron pasar a las fases decisivas, donde la visión de construcción de capacidades deportivas de largo aliento hizo la diferencia. Brasil y Argentina son grandes exportadores de futbolistas, pero año con año van dejando demostrado que al hacer del deporte un ámbito con mercaderes cada vez más individualistas, que se apropian de jóvenes talentos sin invertir un céntimo en su formación, se crean figuras altamente rentables y mediáticas. Solistas en ligas que les promueven más allá de sus capacidades reales, son incapaces de integrarse a un coro en el que lo que importa es el trabajo grupal. Neymar logró mucho más que Messi, en parte porque contó con un entrenador que supo controlar sus vanidades, en parte porque conocía más el estilo de juego de sus compañeros, pero no pasó de allí, como también sucedió con el astro portugués.

Si bien Rusia supo aprovechar con creces su condición como local, la referencia que anteriormente hicimos respecto a los anfitriones vino a confirmarse, quedándose en los cuartos de final, donde una novedosa Croacia les detuvo.

El equipo francés jugó, posiblemente, su gran final ante Uruguay, el equipo latinoamericano mejor estructurado y con más cualidades para llegar a la final. Ahora, concluido el torneo, vemos que si a Brasil lo derrotó una Bélgica entusiasmante, que llegó al tercer lugar, los Uruguayos sucumbieron, con mucha calidad y enjundia, con quien al final se coronó campeón. Las diferencias técnicas y tácticas entre Francia y su último rival, Croacia, hacen pensar que si a los uruguayos no les hubiese tocado enfrentarlos en el camino, la final bien podría haber sido suya.

Pero esta final nos trajo un enfrentamiento con características muy distintas a las vividas en anteriores torneos. Esta vez no fue la final entre dos clásicas potencias deportivas, como sucedió en Brasil 2014 (Alemania venciendo a Argentina), en Sudáfrica 2010 (España ganando a Holanda), o 2006 (Italia frente a Francia). El flamante bicampeón galo, con grandes inversiones extranjeras dentro de su futbol y actualmente fuertemente antiinmigración, debió derrotar a un grupo nacional que, si bien había llegado a la semifinales hace veinte años, precisamente cayendo ante los franceses que esa vez obtuvieron por primera vez el campeonato, se ubica en la periferia de los grandes países europeos, con un desarrollo económico mediano y un pasado reciente de disputas territoriales.

Selección francesa. Imagen tomada de Metro.

Pronto la simpatía de los aficionados de muchas partes del mundo se volcó a favor de los croatas, quienes en tandas de penales, luego de sendos empates, dejaron fuera a Dinamarca y Rusia, venciendo con calidad en las semifinales a una aguerrida pero ineficaz Inglaterra. El trabajo en equipo, con líderes que fueron fieles servidores de su equipo, y no lo contrario, como sucedía con las grandes estrellas de este deporte altamente mediatizado, les produjo a los croatas no solo resultados sino la simpatía de un amplio espectro de espectadores.

Francia hizo lo suyo, haciendo evidente, sin pretenderlo, que la inmigración es un fenómeno que, debidamente procesado, permite la captación de valores que de otra forma no hubiesen sido creados y formados. A diferencia de otros momentos, cuando en los grandes equipos europeos los inmigrantes o hijos de estos eran la excepción, notoria, pero excepción al fin y al cabo, el equipo francés estuvo integrado en un 60 % por hijos de inmigrantes (12) o inmigrantes que, llegados muy niños (2) se educaron y formaron futbolísticamente en Francia. De origen africano, estos catorce deportistas hicieron evidente que políticas de apertura a la inmigración tienen efectos positivos y que en nada resultan nocivas a la cultura de un país, como erróneamente ha dicho últimamente el presidente norteamericano.

Los otros dos finalistas, Inglaterra y Bélgica mostraron también números parecidos, pues once de sus 23 seleccionados son hijos de inmigrantes. Todos ellos defendieron los colores de sus insignias como el que más, considerándose tan europeos como los demás miembros de sus equipos, aportando el sentido, la fuerza y gracia de sus culturas familiares.

En Europa los migrantes llegaron para sobrevivir, pero también para aportar sus capacidades, y este mundial lo ha dejado más que demostrado. El título de campeón del mundo, al final de cuentas, es tan francés como africano y eso hay que tenerlo muy en cuenta.


Imagen principal tomada de El Espectador.

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