Colombia en la encrucijada

Este domingo 17 de junio se decide en Colombia el devenir inmediato del país. Llegan a la segunda vuelta dos posiciones totalmente opuestas en materia social, económica y política. Lo más relevante es el futuro de la paz. Colombia, ensangrentada en un conflicto armado interno entre las guerrilleras FARC y el Estado, decide si el proceso que puso fin al baño de sangre con miles de víctimas, desplazados y desaparecidos podrá continuar para conducir al país colombiano a una paz duradera, dentro de marcos estrictamente democráticos, o volver al pasado de violencia y confrontación a tiros.

El mayor peligro para la paz son las duras posiciones del expresidente Álvaro Uribe respecto a los acuerdos logrados con las FARC, los cuales pretende liquidar y desconocer por vías jurídicas y también autoritarias. Y decimos Álvaro Uribe pues su candidato, Iván Duque del Centro Democrático, es solo una figura títere detrás del cual están sus manos que manejan los hilos de su marioneta política. Un aspecto peligroso para la democracia es la manifiesta intención del uribismo de tomar el control del poder judicial para asegurarse impunidad y a la vez garantizar sus propios intereses particulares por encima de la nación. El Centro Democrático puede de nuevo engendrar la normalización de la corrupción como forma de hacer política, a la vez de hacer válido lo que popularmente se conoce como “todo se vale”, es decir, estigmatizar a los adversarios, mentir, corromper a los medios, operar desde la oscuridad del anonimato, institucionalizar el tráfico de influencias. Basta recordar a Carlos Vélez, director de la campaña electoral del NO a los acuerdos de paz promovida por el uribismo. Vélez reveló en su momento cómo manipularon a la opinión pública con insinuaciones y medias verdades (que significan mentiras). Apostaron no por la paz, sino por la indignación y la desinformación.

Por el otro lado, el candidato Gustavo Petro de Colombia Humana, coalición de centro izquierda, representa la promesa de continuar con la paz y su proceso, y profundizar la democracia colombiana. Lo paradójico es que las mismas FARC no tienen ahora ninguna importancia política, ya que su desprestigio está generalizado. Petro no es definitivamente el candidato de las FARC, de las cuales tampoco fue miembro o simpatizante, sino es la opción de la paz que anhelan millones de colombianos. Un esfuerzo por no volver a atrás, a la guerra y sus secuelas antihumanas, como el caso de los asesinatos y desapariciones de ciudadanos llamados “falsos positivos” durante el gobierno de Uribe. Porque de ganar Duque y liquidarse los acuerdos de paz, no cabe duda que Colombia volverá a lo bélico, al lenguaje de la violencia. El proceso de paz con la otra guerrilla todavía activa, el llamado Ejército de Liberación nacional -ELN-, se vería también truncado. Duque es en pocas palabras el regreso de la violencia.

Los acuerdos de paz pusieron fin a la lucha armada como opción política, cerrándose un ciclo doloroso de violencia, represión, odio y muerte. La firma de la paz colombiana entre las FARC y el gobierno de Manuel Santos abría un nuevo capítulo de los procesos políticos en el continente, donde la democracia representativa y participativa está invitada históricamente a ocupar mayores y significativos espacios. La acción ciudadana podría entonces florecer, influir y coadyuvar al desarrollo de los partidos políticos y la modernización. La guerra es un hecho obsoleto.

La paz también posibilitaría un desarrollo de la economía colombiana, lo que impactará no solo nacionalmente sino en la región. Colombia es un país grande, con costas en ambos océanos, con casi 40 millones de habitantes y enormes recursos naturales. Los expertos ya calculan que el PIB crecerá ostensiblemente.

Por otra parte, en Colombia se acuñó la palabra “parapolítica”, para designar las relaciones de los políticos con las fuerzas paramilitares y el poder político y económico que tienen los paramilitares. Una práctica nefasta que se había enquistado en instancias claves del Estado. Además, los paramilitares financiaron con dinero del narcotráfico las campañas electorales de sus aliados políticos. Hace unos años fueron cuestionados y acusados senadores y una buena cantidad de alcaldes y gobernadores departamentales. Se le debe en gran parte al exmagistrado Iván Velázquez la lucha frontal contra el paramilitarismo y la parapolítica.

Los grandes perdedores fueron los guerreristas y el fascismo. Desde la salida del intransigente y conservador presidente Álvaro Uribe, el proceso de paz tomó cuerpo y también alma. Colombia estaba cansada de la guerra y sus abusos. Cansada de la pobreza y las injusticias sociales, sobre todo de la asimétrica tenencia de la tierra que dio origen al conflicto armado y a sus terribles secuelas de violaciones a los derechos humanos.

Pero el uribismo no ha parado de conspirar y ahora, con un candidato marioneta, puede llegar al poder y truncar la paz. Iván Duque alcanzó en la primera vuelta celebrada el domingo 27 de mayo de 2018, 7 616 857 de votos para ubicarse en el primer lugar con 39.34 %, seguido de Petro que obtuvo 4 855 069 de votos, es decir una significativa diferencia de 2 761 788 votos. El tercer candidato más votado fue Sergio Fajardo de Compromiso Ciudadano con 4 602 916 votos. Fajardo se ubica en una posición también opuesta a la plataforma uribista de Duque. Es de anotar que el abstencionismo fue muy grande, solo votó 53.38 % de los ciudadanos inscritos. Además, entre votos nulos blancos hubo más de medio millón de votos.

Un arrasador triunfo de Duque no está dado, aunque haya salido primero en la primera vuelta. Mucho indica de que Duque ya alcanzó su techo de votos. Petro, en cambio, puede contar con un traspaso de votos de los que votaron por Fajardo en primera vuelta y disputar algún porcentaje de los votos blancos y nulos. La gran tarea de Petro ha sido convencer a los colombianos que voten y superar el nivel de abstencionismo.

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