¿Democracia?

María Alejandra Privado | Arte/cultura / LA MAGIA Y LO COTIDIANO

Es común escuchar de analistas políticos y otros intelectuales, la afirmación de que quienes cuentan realmente en las decisiones que se toman en el país, sobre todo en estos tiempos de «crisis» y cambio de gobierno, son una pequeña élite a la que se convoca a «diálogos nacionales», formada por empresarios, «tanques de pensamiento», algun@s académic@s (los que no son «radicales» porque con ell@s no se puede dialogar), algunas organizaciones sociales «representativas», técnic@s y otr@s, quienes «discuten» en las redes sociales o quienes tienen el dinero o la influencia para «incidir» en el juego político «democrático». Es un discurso tan común, que lo hemos hecho «sentido común», en el sentido gramsciano del término, y nos parece correcto e inevitable. Debemos aceptar que la «gente de a pie», como se nos/les llama, no tiene oportunidad, ni debe aspirar a participar efectivamente en las decisiones importantes del país.

Detrás de esta noción está la convicción de que la gente «común y corriente» no sabe lo que quiere ni lo que le conviene, por tanto, debe dejarse iluminar y conducir por la élite que sí sabe. Es increíble, por ejemplo, la arrogancia con la que nos forman a l@s cientistas sociales, pintándonos como quienes tienen o tendrán la capacidad de dar recetas para curar las enfermedades del país (al mejor estilo spenceriano), de categorizar a l@s actor@s válid@s dentro del escenario político, los movimientos y luchas sociales normales o patológicas en el país, y, sobre todo, guardar la tan mentada (pero tan falaz) objetividad y tecnicismo necesarios para ser considerad@s interlocutor@s válidos. No hace falta decir que todo esto es muy conveniente para la conservación del orden del sistema.

Todo un sistema político «democrático» construido para excluir a las mayorías y privilegiar a unos pocos que son los que realmente cuentan. Pero claro, luego se reprocha a esas masas ignorantes el que no participen –votando nada más, claro, entre un montón de opciones en las que no tuvieron participación alguna al momento de definirlas─, y si participaron, se les culpabiliza por elegir a un presidente malo tras otro, diciendo que cada pueblo tiene el gobierno que se merece y que se aguante calladito los cuatro años que le corresponden aguantar por haber votado por él. Es un círculo bastante perverso.

Perversa sobre todo, esa aceptación sin cuestionamiento de que la democracia es un sistema de élites y que, hagamos lo que hagamos, si no somos parte del grupito privilegiado, no tendrá ningún efecto. Pero por supuesto que tiemblan al ver a una Thelma Cabrera llegar al cuarto lugar en las elecciones generales: ¿¡cómo vamos a permitir que una mujer indígena, campesina, miembra de una organización criminalizada obtenga tantos votos!?, fue la principal reacción tras la primera vuelta electoral, tras la que sobrevinieron una serie de «noticias», notas periodísticas, campañas mediáticas y de todo tipo, queriendo posicionar –de nuevo– el tema del «robo de energía eléctrica» y el costo de la misma para los guatemaltecos de a pie, que se atrevieron a votar por ella.

O qué decir de las violentas y descalificativas reacciones contra las luchas de l@s jóvenes universitari@s en defensa de la educación pública como un derecho, o de las diversas luchas por el territorio, la autodeterminación de los pueblos, de las mujeres o del movimiento LGTBIQ. ¿Por qué tanto miedo a la gente de a pie? ¿Por qué el despliegue impresionante de fuerzas policiales para reprimir a gente común sin poder cuando participa activamente en la búsqueda de soluciones para sus problemas, que los participantes de los «grandes diálogos nacionales» nunca toman en consideración? Porque saben de la fragilidad y artificialidad de su autoridad y dominación . Porque tal como afirma Holloway (2010, p. 263): «Somos la crisis, nosotros-los-que-gritamos en las calles, en el campo, en las fábricas, en las oficinas, en nuestros hogares; nosotros, los insubordinados que decimos “¡No! ¡Ya basta!” […] Nosotros, que no explotamos y no queremos explotar, nosotros que no tenemos poder y no queremos tenerlo, nosotros que todavía queremos vivir una vida humana, nosotros que somos los sin rostro y sin voz: nosotros somos la crisis del capitalismo [y de su consiguiente sistema democrático tal como existe hoy].»


Referencias:
1. Holloway, John. (2010). Cambiar el mundo sin tomar el poder. México: Sísifo Ediciones, Bajo Tierra Ediciones y el Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades «Alfonso Vélez Pliego» de la BUAP.
2. Weber, Max. (1964). Economía y Sociedad. Esbozo de sociología comprensiva. (José Medina Echavarría, Juan Roura Parella, Eugenio Imaz, Eduardo García Máynez y José Ferrater Mora, trads.). México: Fondo de Cultura Económica.

María Alejandra Privado

Socióloga dos veces, mi mayor pasión es la reflexión acerca de la expresión estética, en especial, la música. Maravillada de experimentar cómo el arte -entendido en toda su amplitud y complejidad- se nos mete por la piel y nos conecta con la vida…

La magia y lo cotidiano

Correo: ma.aleprivado@gmail.com

Un Commentario

Juan francisco barillas 23/08/2019

No hay tal democracia en guatemala. El pueblo esta excluido del poder y las decisiones las toma una oligarquia empresarial.

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