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Rafael Cuevas Molina | Política y sociedad / AL PIE DEL CAÑÓN

Lo que importa es atiborrarse de billetes con un hambre voraz que obnubila el entendimiento. Tener más, más y más; tratar que las cosas suplan el profundo hoyo que tienen en el centro del pecho, abarrotarlo con lucecitas, brillo, colores chillantes, música estridente que aturde, que contribuye al torbellino de los tragos, las sonrisas insinuantes, las palmaditas en la espalda, los abrazos palmoteados y las carcajadas estentóreas.

Ahí están, a la vista de todos, encaramados en tarimas, exhibidos en escenarios televisivos, reproducidos hasta el infinito en todos los rincones de cualquier lugar al que vayamos. Sonrientes, como si no pasara nada, como si estuvieran ahí para alegrarnos el día, para aligerarnos la tensión del tránsito, darnos la solución para llegar a fin de mes y acariciarnos la cabeza comprensivamente.

Mírenlos, ahora que se exhiben impúdicamente. Aún retocados con los artilugios del Photoshop siguen siendo ellos y seguirán siéndolo cuando los encaramemos a ese lugar al que quieren llegar a toda costa. Debemos corregir lo dicho: serán peores, porque como le ha pasado al bufoncito de la corte, verán el mundo borroso a través del incienso que les quemarán los aviesos enanos genuflexos de la corte, y se creerán el cuento.

Si quieren conversar con ellos, aprovechen ahora que están libres, que pueden movilizarse sin cortapisas por la calle. Después, casi seguramente, los verán transitar engrilletados rumbo a las mazmorras, con una Biblia en la mano, recitando salmos que, según dirán, les dan fortaleza para enfrentar el amargo trance en el que se encuentran.

Así es, queridos y queridas compatriotas: aunque forman parte de esta breve estirpe que somos todos nosotros, nos ganan en muchas cosas. Vean, por ejemplo, a ese tal señor Estrada que ahora tienen apresado en un calabozo de Miami. Nos gana en lo avezado que es para entender el momento que vivimos, el del «vale todo», el del «apártate que aquí voy yo». Tontos nosotros, desfasados. ¿Cómo no habernos dado cuenta antes que con solo mandar a matar a uno o dos de los que nos caen mal, se interponen en nuestro camino o tienen intenciones distintas a la nuestras, solucionamos todo?

Ahí están, llamándonos a ejercer nuestros derechos cívicos, haciéndonos creer que por que uno de ellos salga de la tómbola uncido con corona de gobernador designado, hemos cumplido con la Patria. Arman el escenario y lo llenan de lucecitas, ponen a tocar a la banda y damas en minifalda reparten aperitivos. Todos felices, todos con el pecho henchido de fervor; casi como que fuera un Viernes Santo y en la puerta de nuestra casa se detuviera, aunque fuera solo por treinta segundos, el anda inmensa del Señor Sepultado de San Felipe de Jesús.

No los perdamos de vista, por favor, no dejemos que se escondan entre la multitud una vez que, en unos meses, los reflectores apunten a otro lado. Ellos son como son, es su naturaleza, y ya despojados del maquillaje con el que se han embadurnado durante la campaña, les volverán a crecer los pelos de lobo que se han rasurado y no podrán evitar que se les vean las caras de pillos que siempre han ostentado.

He escrito todo esto atravesado por el íntimo dolor que da sentirse aprisionado en un juego macabro. Voy a guardarlo para dentro de cuatro años, una vez que, desesperados por las barrabasadas de quien ostente entonces el puesto de gobernador de turno, pensemos que, llegue quien llegue, no podrá ser tan malo como él. Pero sí, lo será.


Rafael Cuevas Molina

Profesor-investigador del Instituto de Estudios Latinoamericanos de la Universidad Nacional de Costa Rica. Escritor y pintor.

Al pie del cañón

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