Apuntes de ayer y hoy

Manuel Fernández-Molina | Literatura/cultura / APUNTES DE AYER Y HOY

El Primero de mayo es una fecha que es más que un feriado; mucho más. El «Primero de mayo» es la más importante efeméride en la historia del trabajo. Es una conmemoración de los sucesos de Chicago en mayo de 1886, que fueron parte de una cruzada proletaria para conseguir una jornada de ocho horas diarias; pero es bastante más que un recordar un episodio importante, es una ocasión histórica y política, es un símbolo de las luchas obreras desde hace más de un siglo.

La ignorancia sobre el martirio obrero en Chicago creo que es bastante generalizada. ¿Qué se conmemora ese día? En los discursos de los dirigentes sindicales continuamente se alude a los «mártires de Chicago», aquellos que «dieron su vida luchando por la jornada de ocho horas». Quien escucha o lee tales asertos fácilmente piensa en una manifestación reprimida a balazos por la policía, pues incluso a veces se ven mantas que muestran a unos manifestantes cayendo abatidos. A mi esa celebración, «Primero de mayo», me ha cautivado desde niño, y pronto empecé a buscar información. Ya en mi adolescencia vine a saber que los «mártires de Chicago» no eran docenas, ni habían muerto a balazos en la calle, sino que habían sido dirigentes sindicales ahorcados en una prisión, tras un juicio totalmente arreglado desde antes que comenzara. Habían sido «culpables» de lo que se les acusara, simplemente por ser obreros. Veamos el asunto.

El objetivo de tener una jornada laboral de ocho horas diarias comenzó desde el inicio del siglo diecinueve, pero tomó varias décadas para que ese deseo se fuera convirtiendo de un sueño a una meta alcanzable. La lucha por lograr este objetivo se hizo fuerte después de que en Estados Unidos obtuvieron la victoria los estados industrializados sobre los estados de una economía de plantación esclavista. Al mismo tiempo que la industrialización se disparaba, crecían las demandas de los trabajadores por mejores condiciones laborales, y un punto muy importante era conseguir que la jornada laboral se redujera de 12 y hasta 14 horas diarias, a ocho. Ya en 1867 y 68, bajo la Presidencia de Andrew Johnson, en Estados Unidos se aprobó una ley que establecía la jornada de ocho horas. Sin embargo, la ley solamente fue un mandato impreso, no se cumplía más que en la burocracia federal.

En 1884 la Federación de Sindicatos de Estados Unidos (FOTLU, por sus iniciales en inglés) fijó la fecha de 1o. de mayo de 1886 como el día en que debía hacerse dos cosas: 1) parar de trabajar y 2) manifestar en las calles, para ejercer presión y conseguir la jornada de ocho horas, que solamente existía en papel. El éxito de las manifestaciones fue muy distinto de ciudad a ciudad. En Nueva York apenas se consiguió un desfile de unos 8 000 trabajadores. En Chicago el asunto fue diferente. La manifestación fue masiva, enorme. El número de participantes se calcula (muy conservadoramente) en 35 000. Y Chicago tenía una población de aproximadamente 700 000 habitantes; es decir que la manifestación reunió a un equivalente de 5 % de la población de la urbe. Fue toda una demostración del poderío político de los obreros. Ese sábado 1o. de mayo no sucedió nada.

El domingo 2 también fue tranquilo. El lunes 3 la situación cambió. En la parte sur de Chicago, en el sector industrial, hubo un incidente serio. En la fábrica McCormick hubo un enfrentamiento entre los obreros que estaban en huelga y los trabajadores ocasionales que mantenían la producción. La policía intervino y mató a cuatro huelguistas. Este hecho hizo que los líderes sindicales convocaran a un mitin de emergencia, a llevarse a cabo en Haymarket (un mercado muy importante), a las 7:30 de la noche del martes 4. Los dirigentes solicitaron el permiso correspondiente, y el alcalde Carter Harrison lo dio, en el entendido de que era una reunión pacífica. Los líderes llegaron a esperar una concurrencia de hasta 20 000 trabajadores, pero llegaron un poco menos de dos mil. Era un atardecer lluvioso y, además, la noticia de la convocatoria no había llegado a todos los barrios obreros.

Estamos al comienzo de la noche del martes 4. Llueve y los dirigentes hablan poco tiempo, desde un carretón en el lado este del mercado, pues los mil y pico obreros que habían llegado comenzaban a irse. Todo estaba en calma, la decepción era el sentimiento común en la mente de los congregados, cuando, ¡de pronto!, la policía llegó y atacó a garrotazos a los reunidos. Y en medio de aquella batahola, una bomba de dinamita es lanzada contra las filas policiacas. Un oficial es despedazado y muere en el instante. La fuerza pública responde a balazos. Cuatro obreros (cuyos nombres se ignoran) quedan tendidos.

El bombazo. Es este un hecho que mucho estimula la curiosidad y la investigación periodística e histórica. ¿Quién lazó la bomba? No se sabe, aunque hay varios posibles autores. Y una pregunta tan importante como la anterior: ¿por qué atacó la policía a los obreros reunidos si era un mitin legal, autorizado debidamente por la Municipalidad? Y luego, desentrañar la confluencia de rarezas, ¿si era un mitin autorizado por la Municipalidad, por qué alguien de entre los dirigentes obreros tenía una bomba? Y, una pregunta que todo investigador se hace: ¿fue el bombazo un hecho planificado por los industriales y la policía a su servicio para justificar la represión que siguió?

El próximo sábado continuaremos conversando de este tema, por demás seductor.


Manuel Fernández-Molina

Profesor retirado de Historia, interesado en la europea, especialmente española. Actualmente docente de Historia Global en el Colegio Humanístico Costarricense, campus Coto.

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