Algunas reflexiones para una resolución de la historia inconclusa de Guatemala, ahora en tiempos de combate contra la corrupción y la impunidad (II)

Ricardo Gómez Gálvez | Política y sociedad / GUATEMALA: LA HISTORIA INCONCLUSA

Examinábamos, en el artículo anterior, cómo la ausencia de una auténtica corriente política liberal marca la historia del país, condenándolo a una sucesión de regímenes conservadores racistas, no democráticos y elitistas. El racismo, es por mucho, el origen último de todos nuestros males.

De hecho, a lo largo del período que se inicia con la independencia del Imperio español, solamente pueden reconocerse pequeñas lagunas temporales con la presencia de algunos valores liberales; la del Gobierno del Dr. Mariano Gálvez en el siglo XIX y las de los Gobiernos del Dr. Juan José Arévalo, del coronel Jacobo Arbenz Guzmán y el del licenciado Vinicio Cerezo en el siglo XX. Cada uno de ellos enfrentó siempre el embate de las élites ultramontanas conservadoras, que nunca han aceptado la necesidad histórica de la modernización política del Estado de Guatemala y, por lo tanto, impidiendo el progreso económico, social y del Estado de derecho, pretendiendo el mantenimiento de sus privilegios medievales sobre este desafortunado país, al cual siguen considerando su finca.

Esta larga saga de imbricación conservadora se alimenta con las décadas una cohabitación de élites, que va dando forma a la esperpéntica oligarquía guatemalteca, sumando a la élite española colonizadora con la élite criolla; luego abriendo el acceso a ese entramado político a los mestizos rufinistas producto de la mal llamada Revolución liberal; acto seguido consolidándola con la élite militar durante las tiranías liberales, élite que es llamada a jugar el papel de guardia pretoriana para garantizar la permanencia del sistema oligárquico. Finalmente, se agregan las inmigraciones europeas y estadounidense de finales del siglo XIX y principios del XX, invitadas también por los tiranos liberales a sumarse al club oligárquico. Hasta aquí todo sin novedad.

Ahora, como resultado final de este torvo proceso, presenciamos la emergencia de un nuevo socio: el crimen organizado, que de hecho ha perpetrado desde la década de los setenta del siglo pasado un lago asalto al Estado, incluso desbancando al capital oligárquico o transustanciándose con él.

Por todo ello decimos que Guatemala permaneció en la oscuridad colonial, cuando el mundo cambiaba radicalmente después de las guerras mundiales. De hecho, el siglo XX comienza en Guatemala hasta 1944. Y en 1954 se retornó al pasado, por treinta años, viviendo ahora una transición interrumpida a la democracia, resultado del manoseo de la Constitución de la República, por medio de las espurias reformas perpetradas en 1994 y de la degeneración neoliberal de la economía y del sistema electoral y de partidos políticos.

A mediados del siglo pasado, la guerra civil fue inevitable y con ella, producto de la Guerra Fría y del predominio mundial de EE. UU. y de la URSS, resultado de la Acuerdos de Yalta de 1945, el país quedó atrapado en una ruta fatal, que desembocó en tres décadas de violencia fratricida, caracterizada por la guerra más sucia que recuerda América Latina en el siglo XX, la cual deja como cauda la desaparición de la ciudadanía surgida durante la década de octubre de 1944 y durante la larga resistencia contra la liberación.

La doctrina militar contrainsurgente genera las condiciones para la aparición de los Cuerpos Ilegales y Aparatos Clandestinos de Seguridad, Ciciacs, que cooptan el Estado bajo diferentes formas del crimen organizado, transformándolo en un botín de las mafias elitistas, surgidas de los intereses oligárquicos y de los grupos ilegales. El resultado provisional es un Estado parcialmente fracasado, que por efecto de las perversiones de la posmodernidad, se constituye en una amenaza para la seguridad de la región y en especial de EE. UU.

En eso estamos. En la necesidad de remontar ese largo y costoso rezago. Se impone ir sin prisa, pero sin pausa. Las realidades y revelaciones que surgen a diario, indican que estamos viviendo una etapa crítica, que podría producir la resolución de la lamentable historia inconclusa del país.

Sabemos que las cosas no serán iguales a partir de ahora, pero no podemos asegurar que seremos capaces de asumir los costos que debemos pagar como sociedad y tampoco si esto conducirá necesariamente hacia un mejoramiento cualitativo del futuro de Guatemala, y con ello mejorar el destino de las futuras generaciones.

El siniestro trecho recorrido hasta el día de hoy, desde 1871 y desde 1954, y sus dolorosos resultados, son muy pesados e intoxicantes. Los vicios elitistas provocados por las perversiones de nuestra historia oligárquica se normalizaron y se convirtieron en abominables patrones subculturales.

Sin el repunte de una nueva cultura democrática y la presencia viva de una participación ciudadana comprometida, reeducada democráticamente, objetivo solamente alcanzable con el transcurrir del tiempo -en el plazo de una generación por lo menos-, tendremos de nuevo un gato pardo: un cambiarlo todo para que nada cambie.

Como la Revolución democrática y plural de 1944 y el proyecto constitucional de 1985, hitos que intentaron inútilmente marcar las rutas para la recuperación de nuestra historia, ahora es necesario proceder con carácter de urgencia nacional a rectificar el camino, evitando el desastre que se barrunta, como el ocurrido en 1954, y recuperando nuestra historia aprendiendo de ella, orientándola hacia la fundación de un Estado para todos, fruto de la maduración consciente de un nuevo consenso intercultural, humanista y democrático, sin discriminaciones y sin privilegios.


Ricardo Gómez Gálvez

Político de vocación y de carrera. Cuarenta años de pertenencia al extinto partido Democracia Cristiana Guatemalteca. Consultor político para programas y proyectos de la cooperación internacional y para instituciones del Estado.

Guatemala: la historia inconclusa

Un Commentario

René Boroughs 14/04/2018

Clara y simple exposicion de la historia contemporánea de nuestro pais. Pero lo que llamamos historia es una version entre muchas posibilidades. El presente es subjetivo y su expresion social es la base de la interpretación del historiador. De allí su imposibilidad para predecir el avenir. La creatividad de nuestras gentes y las tecnologias de la información pueden permitir la concepcion de nuevos modos de produccion y de gestion de las riquezas. El futuro esta en nuestras manos y estoy convencido que las mejores soluciones no vendran de una presidencia o de un gobierno en el modelo de lo que concebimos como un « estado ».

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