¿A dónde nos arrastra la sociedad de las distancias?

Luis Zurita Tablada | Política y sociedad / SUMAR, SIEMPRE SUMAR

Si ya vivíamos hiperconectados a través del Internet y de las redes sociales, pero no comunicados, ahora de cara a lo virtual que se ha venido imponiendo a lo real, ¿a dónde nos llevará este nuevo distanciamiento cuerpo a cuerpo impuesto por circunstancias sanitarias?

Estamos inmersos ya, por dondequiera que se vea, en la modernidad líquida, esa característica que tan acertadamente bautizara Sigmunt Bauman como la razón de ser de la sociedad posmoderna, opuesta a la modernidad donde existían coordenadas sociales sólidas y tangibles para relacionarse, tal y como lo demostró enjundiosamente en su obra ensayística El arte de la vida. La vida como obra de arte, cuyas características son:

En estos tiempos triviales en que el leitmotiv es banal ya no se ama la virtud sino la apariencia líquida y desechable del me gusta y del no me gusta.

En estos tiempos superficiales en que impera la soberbia ya no se ama el nosotros sino la apariencia maquillada y artificial del eso soy y del eso no soy.

En estos tiempos fútiles en que señorea la arrogancia ya no se ama la vida sino la apariencia lustrosa y engolosinada de lo útil y de lo no útil.

En estos tiempos nihilistas en que prevalece la vacuidad ya no se ama la confianza sino la apariencia enmascarada y virtual del me sirve y del no me sirve.

Ahora, sumándose al auge del distanciamiento digital, el miedo al contagio físico ha infectado al cuerpo social, instalando otro factor para incrementar la fragmentación social y sus secuelas negativas porque rompe la base social de todas las reivindicaciones, en particular para los movimientos de acción social, cuyos reclamos, por más que se pregonen en el mundo virtual, han de forjarse en el mundo real, ese hábitat donde abundan los conflictos, pero que, pese a todo, es mejor que el mundo virtual, puesto que lo virtual no sustituye la inevitable lucha política para ordenar la vida social ni provee oxígeno, agua, energía, alimentos, vestido, medicinas y demás satisfactores axiológicos y existenciales, no se diga afecto humano concreto, pues, como genialmente lo resume el cantautor Joaquín Sabina, el alma necesita un cuerpo que acariciar.

De ahí que está bien que se regule la interacción física hasta donde sea recomendable para evitar el riesgo del hacinamiento y de la promiscuidad, pero no más allá del límite que desestructure nuestra naturaleza social y sociable. Restricciones de higiene y de movilidad física en lo que sea recomendable, pero no distanciamiento social en lo que sea necesario para enaltecer la vida, pues confinarnos a la cueva equivale al principio del fin del fenómeno humano, dado que, si antes cuando nos mirábamos a los ojos no confiábamos, ¿cómo seremos a futuro cuando ya no nos miremos?

Estamos siendo testigos de tantas cosas, fenómenos y significados en todos los ámbitos, políticos, económicos, sociales, culturales, ambientales y hasta espirituales, que nos dejan perplejos, dado que los cambios devienen tan aceleradamente que no nos da tiempo de digerirlos, menos de asimilarlos. Lo único cierto es que ni el nirvana budista, ni el reino de los cielos cristiano, ni el paraíso comunista, ni la fraternidad liberal, se han hecho realidad, sin embargo, en su momento han sido soporte y fuerza de gravedad que impulsan al ser humano hacia la búsqueda de un mejor futuro.

No obstante, mientras la esperanza siga alimentándose de indignación, el Homo con conciencia de sí y del mundo que lo rodea seguirá su camino abriendo brecha consciente e inconscientemente, pues no es un ser definitivo, simplemente, como expresara Marco Aurelio, es un centauro, o como expresara Nietzsche, una cuerda tendida sobre un abismo entre el animal y el Übermensch, un eslabón, pero también un ser en eterna evolución siempre buscando una luz al final del túnel, en pos de un estado de madurez espiritual y moral superior a la resignación y al conformismo, pero sin dejarse arrastrar por los placeres banales y vulgares porque se domina a sí mismo, sin paralizarse por los excesos de la razón ni estrellarse por los excesos de la pasión, de tal manera que el balance entre la austeridad apolínea y la concupiscencia dionisíaca procuren una vida personal y social más plena.

Lo expresado solo es una mirada, en particular mi percepción del mundo de hoy, y no mi valoración positiva o negativa de lo que acontece, como lo he dejado explicado arriba, por lo que sí es bueno o malo para la humanidad, si es correcto o incorrecto desde nuestra limitada razón, no lo sé, mejor habría que preguntárselo a los dioses. Pero ante mi precaria mirada veo que estamos siendo arrastrados hacia una vorágine nihilista, o sea, sin sentido, en que, pese a quien le pese, lo virtual, de la mano de la neurociencia, irá invadiendo y sustituyendo a lo natural, aunque me pregunto si acaso lo virtual no es natural también, salvo que por otra vía, donde la especie humana no es la prioridad, sino el acrecentamiento de la conciencia por otras rutas para las cuales nosotros solo habremos sido otro eslabón útil pero perdido en el eterno camino evolutivo.

¿Para qué?

Tal vez para llegar a ser un Übermensch, que sería lo mejor que podría sucederle a la especie humana, o sea, un hombre o mujer superiores, pero que no surgirán a menos que las materias humanísticas vuelvan a ocupar un lugar tan preponderante como las materias técnicas en la formación educativa en todos los campos y en todos los niveles del saber y se alcen como fundamento de una revolución cultural, para que la educación no sea simple factoría de peritos, sino un segundo sol para la humanidad, pues por el Astro Rey estamos aquí como seres vivos, pero es la educación la que nos hace humanos. Solo así habrá contrapeso moral a la creciente como abrumante revolución tecnológico/digital, cuyo mayor riesgo ya no es la mecanización en sí de las facultades humanas, sino la idiotización que conlleva agenciarse de saberes parciales sin conexiones entre sí. De lo contrario, tal vez devenga un ciborg o, quien sabe, un androide o robot con conciencia de sí y de para sí, en cuyo caso, apenas habremos sido un puente hacia la mecanización definitiva de la inteligencia como fin y no como medio para el acrecentamiento del fenómeno humano.

De no corregirse el rumbo, probablemente llegará un día en que la inteligencia artificial sea superior a la inteligencia cerebral, y entonces, como presintiera Jorge Luis Borges en dos de sus cuentos Tlon, Uqbar, Orbis Tertius (1940), y en La biblioteca de Babel (1944), la invasión y el predominio de un mundo cibertecnológico poshumano será el futuro distópico que con sus propias manos está incubando la de por sí fatigosa civilización y cultura humana. Un mundo a futuro donde los robots serán tan inteligentes y tan conscientes de sí mismos que ya no necesitarán de los seres humanos y ellos se reproducirán según sus propios cánones, indiferentes al destino humano. Y así, reinterpretando a Pierre Teilhard de Chardín en su obra El fenómeno humano, la corriente evolutiva y la evolutiva conciencia seguirán su camino hacia Omega, aunque, ¡sin humanos! Téngase presente que, en tanto humanos, solo somos una pluma flotando en la inmensidad de la evolución, o tal vez solo un eslabón del fin último de la eternidad, cuyas razones trascienden en tiempo, espacio y potencial al centauro que somos, lo cual no contradice a Max Scheler en su ensayo El puesto del hombre en el cosmos, donde cuestiona que, dado que la conciencia es producto de la evolución desde lo inorgánico hasta lo orgánico, ¿por qué no esperar que la conciencia siga evolucionando hasta lo inasible?

¿A dónde nos llevará, mientras tanto, esta sociedad líquida cuyas coordenadas son difusas como el humo?

Si la hiperconectividad virtual ya era un dulce envenenado insertado dentro de nuestro microcosmos, este otro distanciamiento físico impuesto por una nueva enfermedad contagiosa ¿será la crucifixión definitiva del siempre precario sentido de comunidad, de estructura y de significado? ¿Significará el abandono definitivo de nuestra vida real, para refugiarnos en la aséptica burbuja virtual, cual un retorno a la caverna de Platón, donde las cosas son más tranquilas, pero intrascendentes? En la caverna virtual no hay lucha de clases, pues todo es plano y sin riscos, y hasta lo que nos disgusta pende de un borrador. Tan simple que podemos borrar a los demás o nos podemos borrar de los demás.

Tal pareciera que ese es el propósito festinado de la posmodernidad ultraliberal, alimentado por la dictadura del mercado, tal y como lo demuestra Herbert Marcuse en su ensayo El hombre unidimensional. Literalmente un borreguismo, ya sean del grupo alfa, de los que, por de pronto, tienen un horizonte vital estable y con ingresos seguros, o ya sean del grupo beta, de los que, casi siempre, no saben cómo ni de qué van a vivir. Como la vida no es un camino recto, sino un petate donde se entrecruzan miles de rutas contradictorias, al final el futuro será igualmente incierto para ricos y para pobres, tal y como lo describe Víctor Lapuente en su artículo «Un mundo infeliz», publicado en el diario español El País, 17/08/2020.

Hombres y mujeres unidimensionales, entonces, ya sea por una vía terriblemente distópica y autoritaria como la descrita por George Orwell en su novela 1984, o por la vía narcótica del placer consumista como la distópica descripción de Aldous Huxley en su sarcástica novela Un mundo feliz. Pero tal vez quien mejor resumió nuestro tragicómico destino fue el genial cineasta, guionista, músico y filósofo popular Woody Allen, quien, en su película Café Society, expresó: «la vida es una comedia escrita por un escritor de comedias sádico».

Además de la cuasi evasión absoluta, ¿qué más hay?

Nos estamos percatando que la desconexión de natura nos desvitaliza, lo cual, literalmente quiere decir ¡perder vida!

¿Por qué?

Porque al perder vida se agranda la desconexión con lo vital. En su Libro del desasosiego, Fernando Pessoa lo expresa poéticamente: «¡El verde de la naturaleza es el rojo de la sangre!».

La vida se está volviendo tan artificial que ya casi no nos preguntamos ¿de dónde viene el oxígeno que respiramos, el agua que bebemos, la energía que consumimos, el alimento que comemos, la ropa que vestimos, la medicina que nos cura o qué relación existe con el otro que soy yo mismo en otras circunstancias o con el resto de especies animales y vegetales?

Si observáramos un bosque o un jardín, incluso un pequeño trozo de césped, nos daríamos cuenta de cómo cientos de especies cohabitan en relación de cooperación, de dependencia y de retroalimentación, y de cómo esa convivencia que está por encima de la competencia es la clave de su simbiótica sobrevivencia y de su evolución.

O sea que, ¡la naturaleza es una gran maestra!

Este momento de pandemia y la pospandemia deberían marcar un antes y un después, en particular para aprehender que la civilización y la cultura que llegó hasta el presente fracasó no solo como factor de convivencia humana, sino que ha venido acumulando un déficit de contacto estratégico con la naturaleza, lo cual ahora se ha hecho evidente hasta para el más incrédulo, dado que la historia está colmada in extremis de orden y rigurosidad masculina, pero no lo suficiente de sensibilidad y generosidad femenina, eso que Shakespeare llamaba la leche de la humanidad. Hay que interiorizar, entonces, que el microcosmos humano es dual y se rige por la tensión entre el yang y el yin, o sea, entre la razón práctica y la eticidad moral.

De lo que sigue que, lo correcto es procurar el equilibrio y la conciliación dialéctica de ese paquete hereditario con que natura –a través de los cromosomas del padre y a través de los cromosomas de la madre– ha dotado misteriosa como dualmente a cada hombre y a cada mujer, y en función de ello utilizarlos y articularlos en función plenamente humana, porque medios y no fines son, y así el hombre y la mujer desde sus respectivas potencialidades unan sus manos y sus sueños e interactúen, porque la historia demanda el aporte de ambas potencialidades, o sea, de la mirada masculina y de la mirada femenina, lo cual es abordado con mucha precisión por la feminista filosófica francesa Helene Cixous en su ensayo La risa de la medusa, en particular para que la ideología de género no distorsione la díada hombre/mujer ni debilite la lucha de clases, porque ello atomiza más a la sociedad en desmedro de sus legítimas aspiraciones de libertad real. La lucha de clases es la hoguera de todas las desigualdades, por lo que Cixous, fundadora y directora del Instituto de la Mujer de la Sorbona, cuestiona la falacia de las identidades fijas, ya sean literarias, culturales o de género.

En 1955, Emma Rauschenbach, la esposa de Carl Jung, expresó:

En nuestro tiempo, cuando fuerzas de división tan amenazantes están trabajando para dividir pueblos, individuos y átomos, es doblemente necesario que aquellas (fuerzas) que unen y mantienen las uniones se vuelvan efectivas; ya que la vida se basa en la interacción armoniosa de fuerzas masculinas y femeninas, tanto en el interior del ser humano como fuera (de él). Lograr la unión de estos contrarios es una de las tareas más importantes de la psicoterapia actual.
Esa circunstancia mantiene a la humanidad en un perenne estrés.

¿Cómo contenerlo?

Observa un bosque o un jardín, y percibe el aire que mece las hojas de los árboles o de los arbustos, y el cantar relajante de un arroyo o el trinar vivificante de un pájaro, no se diga el incesante aleteo de un gorrión que se detiene en el aire como de la grandeza ingenieril del cosmos… donde cada día comprobamos que ha de haber un principio o fuente primordial de donde provienen o a donde retornan todas las cosas; tal vez una lógica sutil, silenciosa e implícita, pero que se manifiesta en la compleja movilidad de lo eterno, pues como señala el fotógrafo ecológico y social brasileño Sebastiao Salgado, en una entrevista publicada en el diario español El Mundo, el 30/10/2014:

creo en un orden general de todas las cosas. En que hay una organización que sí que se hizo. Que es la evolución… No soy creyente, admiro a Darwin, pero admito la existencia de una inteligencia, de un racionalismo profundo que no se da únicamente en la especie humana. Está en todas las cosas. En la vida mineral, animal y vegetal. Y nosotros formamos parte de este gran orden general.

Hemos olvidado que somos parte inextricable de la naturaleza. Somos naturaleza, y la naturaleza siempre reclama su primacía, por más que la cultura trata de ignorarlo con ideologías, doctrinas o dogmas soberbios, no se diga con las creencias. Obviamente, formamos parte de la naturaleza. Muy elocuentemente nos lo recuerdan los filósofos, como Aldous Huxley en su ensayo Sobre la divinidad o como Arthur Schopenhauer en su obra El amor, la mujer y la muerte, en el siguiente orden:

No podemos disfrutar durante mucho tiempo de aquello que deseamos en tanto seres humanos, a no ser que obedezcamos las leyes del cosmos más amplio y no humano… del cual formamos parte integral, por mucho que, presos de nuestra orgullosa estulticia, queremos olvidar…

El quid pro quo del amor es una lucha entre el genio de la especie versus el genio del individuo, aunque, sostiene, el poder del primero es mayor porque “sus asuntos son antes que los nuestros”.

¡La salud de natura es nuestra salud!

O como muy poéticamente también lo dice Joaquín Araujo: «Somos como somos porque fuimos bosque, somos bosque que bajó de las ramas y echó a andar. Somos tierra que camina».

¡Qué complejo, por no decir terriblemente desafiante, nuestro destino!

– primero negamos a la naturaleza

– ahora negamos a nuestros congéneres

– mañana negaremos a nuestra especie.

Pero qué hacer ante la cuerda tendida en el abismo, si nuestro sino es, como expresó Nietzsche en su obra Así habló Zaratustra: «Un peligroso ir más allá, un peligroso detenerse, un peligroso volver atrás, un vacilar peligroso y un peligroso estar de pie».

Sin embargo, o seguimos en directo hacia el precipicio o hacemos una pausa para repensar nuestra ruta histórica, lo cual implica hacerse preguntas, al menos para que el derrape del fenómeno humano no sea tan humillante:

¿Los tiempos pasados fueron mejores?
¿Qué sucedió entre modernidad y posmodernidad?
¿Por qué la existencia se vació de sólidos cánones?
¿Qué significa vivir en la posmodernidad nihilista?
¿Cuál es la diferencia entre nihilismo pasivo y activo?
¿Tiene futuro una humanidad sin cánones de valores?
¿Es necesario establecer nuevos cánones morales?
¿Por qué todo se ha vuelto desechable o descartable?
¿Por qué todo se compra o se vende, incluida el alma?
¿Por qué la relación hombre/mujer se ha vuelto transacción?
¿Por qué la posmodernidad es modernidad líquida?

En fin, para quien se pregunta ¿qué somos?, ¿por qué estamos aquí?, ¿a dónde vamos?, valdría la pena, dado su mensaje trascendente, poner atención a las siguientes obras: 1) El árbol del conocimiento: las bases biológicas del entendimiento humano, de Francisco Varela y Humberto Maturana; 2) La más bella historia del mundo, de Hubert Reeves y otros; 3) Incógnita del hombre, de Alexis Carrell; 4) Hace falta un muchacho, de Arturo Cuyás Armengol; 5) Jesús, el hijo del hombre, de Khalil Gibrán; 6) Desde la cumbre, la visión de un cristiano del siglo XX, de Morris West; 7) De la verdad a la interpretación: Nietzsche y la deconstrucción de la filosofía, de Francisco Roco Godoy… entre otras obras imprescindibles para entender la encrucijada humana de todos los tiempos.


Luis Zurita Tablada

Guatemalteco (1950), químico, político, escritor. Ha desempeñado cargos en el ejecutivo en áreas ambientales, candidato a la vicepresidencia de Guatemala, docente universitario, director del Instituto Guatemalteco de Estudios Sociales y Políticos, autor de varios libros, notas periodísticas e ideólogo de la socialdemocracia en Guatemala. Es miembro del Centro Pen Guatemala.

Sumar, siempre sumar

Correo: zuritatablada@gmail.com

6 Commentarios

LESTER HOMERO GODÍNEZ 26/08/2020

La diversidad biológica e intelectual del ser humano nos conduce por caminos infinitos. La famosa cuerda tendida puede utilizarse para violín o para guitarra con sus infinitas formas de sonido. En tal sentido, considero que son infinitas las cuerdas para llegar al Übermensch, cuya búsqueda y encuentro el hombre ansía. A medida que nos acerquemos, se ensanchará el abismo.
Hay un atajo para llegar más rápido, y es donde filosofía y religión se abrazan. Saludos Luis.

    Luis Zurita Tablada 27/08/2020

    Celebro la virtud de su profundo comentario, que en un brevísimo resumen condensó y enriqueció el leitmotiv de mi artículo. En verdad, soy de la idea también que la historia hay tres formas de acceder a la verdad, una, la religión, que busca la verdad subjetiva; dos, la ciencia, que busca la verdad objetiva y, tres, la filosofía, que es neti neti, ni una cosa ni la otra, por ende, busca la verdad, que en mucho será una confluencia de objetividad y subjetividad. También considero que desde hace algún tiempo para acá, la humanidad en avance perdió la bitácora, por lo que ahora pareciera que estamos siendo arrastrados inconscientemente hacia un futuro que ya no está bajo nuestro control, casi como si la tecnología tuviera su propia teleología y nosotros devenidos en instrumento de esa teleología, o sea, arrastrados a un mundo poshumano sin humanos… De ahí que se abismo que se ensancha ante nuestros ojos, tal y como usted lo enuncia, es como una fuerza de gravedad que nos arrastra inexorablemente hacia el fin último de la evolución, que no es para nada el limitado afán humano… Saludos maestro, van para usted mi aprecio y admiración…

JOSUÉ AUGUSTO PÉREZ FIGUEROA 20/08/2020

Esta disertación de la complejidad humana, es compleja y a la vez simple. La razón no siempre nos lleva a la verdad. No puede ser ajeno a mis creencias más íntimas, ni tengo porque serlo. Los relatos bíblicos son creíbles, para ,mi, porque desnudan la naturaleza humana y dan muestras de las mayores maldades y las más hondas muestra de misericordia (amor por los miserables). La justicia de Dios no es la justicia del hombre, pues esta busca entregar a cada quien lo suyo, en tanto la divina es compartir lo que tenemos con los que no tienen. Desde el primer relato se muestra que juntamente con la creación vino la perversión humana, es decir la desobediencia a un orden divino. Luego el primer homicidio de Caín con su hermano Abel. Por supuesto la biblia es el relato del origen del pueblo hebreo que nace de las lomos del padre Abraham, pero también nacen de él los árabes que representan dos grandes religiones basadas en la paternidad abrahámica. La naturaleza está sujeta a leyes dadas por el creador y que pueden ser conocidas por los cientistas, pero la naturaleza del hombre es un dios con capacidad de conocer el bien y el mal, según el relato bíblico. Coexisten pues el bien y el mal en el hombre y que los chinos lo definen como la armonía entre el bien y el mal, diciendo que un hombre bueno tiene un punto oscuro y que un hombre malo tiene un punto bueno. Lo mas cercano para mi, es lo que dijo Jean Paul Sartre: El hombre es un ser en construcción y que está condenado a decidir todo el tiempo entre el bien y el mal. Por otro lado la tierra fue dada a todos los hombres, sin embargo los hombres se apropiaron de la tierra y fundaron las FRONTERAS desde que se fundo el primer imperio. Todo lo bueno lo da la tierra, sin embargo, yo creo, que lo bueno viene de Dios el creador de todo.

    Luis Zurita Tablada 22/08/2020

    Gracias Josué. Valoro como siempre sus comentarios. Son elocuentes, y generalmente coincidimos, lo cual celebro, lo que no quiere decir que si no coincidieramos no lo apreciaría. Por supuesto que si, pues de la dialéctica de las ideas salen las verdades. En fin, hoy traté de abordar una de las más grandes contradicciones que observo, o sea, de cómo el Homo pasó de construir máquinas para extender sus facultades, a depender ahora de ellas, por lo cual pareciera que la tecnología está dejando de ser medio para convertirse en fin en sí mismo. Saludos y mis mejores deseos de que se encuentre bien y cuidándose. Hasta pronto.

Ma. Virginia 20/08/2020

Muy bueno como siempre! Saludos

    Luis Zurita Tablada 22/08/2020

    Gracias Ma. Virginia. Su brevísima valoración, pero clara, de mis atrevidos intentos ensayísticos, me enaltecen.

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