500 años de ocultar lo oscuro

-Carlos Enrique Fuentes Sánchez / EL EDUCADOR

El 31 de octubre se cumplieron 500 años de haberse iniciado la Reforma luterana, con la clavada de las 95 tesis de Martín Lutero en la puerta del templo de Wittemberg, Alemania, para implementar una discusión contra la venta de indulgencias del cristianismo de la Iglesia cristiana católica romana, discusión que, posteriormente, se convirtió en la mencionada Reforma. Todo un acontecimiento memorable y extraordinario para los miembros de las diferentes sectas cristianas evangélicas o protestantes, la mayoría de cuyos miembros no conocen que el protestantismo llegó a instaurarse en el mundo, merced a una sangrienta lucha entre “cristianos” de la Iglesia católica romana y “cristianos” protestantes.

Con solo que la mitad de lo investigado y presentado por Pérez de Antón (2017) en su Cisma Sangriento. El brutal parto del protestantismo: un alegato humanista y secular haya sido cierto, se puede evidenciar como la lucha “cristiana” no fue tal cosa, sino más bien una masacre provocada por ambos bandos, abanderados por “grandes” personajes históricos que, sin tener en cuenta los verdaderos principios del cristianismo (fe, dogma y amor al prójimo), como lo señala Arturo Monterroso, buscaron más bien satisfacer sus intereses territoriales, políticos y económicos, ligando la Iglesia al Estado.

Si bien la lucha inicial de Lutero fue contra los excesos del papa y de la Iglesia católica romana, posteriormente, tanto Lutero como otros protestantes importantes la convirtieron en una revolución sangrienta que dio margen a la Contrarreforma, también sangrienta, promovida por la Iglesia católica, sumando en ambos procesos el asesinato de más de 13 millones de cristianos, la mayoría de ellos sin culpa alguna.

Hoy, 500 años después, como dice Pérez de Antón, sacerdotes y pastores no indican nada de tal masacre a sus feligreses, como si la misma no tuviese importancia. Algunos, incluso, sobresaltan la participación de Calvino, Zuinglio, Münzer, Enrique VIII, John Knox y algunos líderes jesuitas, quienes, junto a sus acciones a favor de “su” cristianismo, también promovieron asesinatos en masa de miles de cristianos católicos o protestantes contrarios a sus creencias. El pasado ya no tiene importancia, dicen los eruditos de ambas corrientes. Esta verdad, sin embargo, debería ser develada a los feligreses como un punto de partida equívoco que no debe repetirse y mucho menos mantenerse dentro de los cristianos de una u otra corriente.

La disputa se mantiene. Se mastican, pero no se tragan. Las supuestas “buenas” relaciones entre católicos y protestantes, los grupos ecuménicos, se dan entre los líderes nacionales, más no en la iglesias de municipios y aldeas, en donde unos y otros se dicen “primos”, no “hermanos” en Cristo; “los aleluyas”, “los otros borregos”, no ovejas de Cristo; etcétera. Aun entre los mismos protestantes y otras denominaciones discuten fuertemente entre si el “día del Señor” es sábado o el domingo; si se vale o no recibir transfusiones de sangre para salvar una vida; si se debe usar o no anticonceptivos naturales, etcétera. La lucha entre la salvación por fe, por obras, o por ambas, aún persiste.

A pesar de que el papa Francisco ha insistido en que el cielo y el infierno no son lugares físicos, sino estados mentales; que se debe vivir sin lujos y efectuar una lucha decidida contra el pecado de la corrupción, aún persiste el gran número de sacerdotes y pastores pederastas y corruptos, que no son más que “sepulcros blanqueados”.

Y, todo lo anterior, provoca, efectivamente, el último cisma cristiano: ya son pocos los adultos jóvenes, y menos los adolescentes, que se acercan a las iglesias o a los templos, sobre todo, en Europa. La gente culta se ha convencido que “hay que hacer el bien sin mirar a quien”; que no se requiere de veladoras, flores, oraciones, señales o alabanzas en los templos, sino de hacerle el bien a los semejantes en el diario vivir, para sentirse bien con uno mismo.

Lo más cristiano o más solidario, desde una óptica imparcial, sería tratar de vivir en paz con todos los demás. Y esta paz la han logrado las personas de los países donde hay justicia social, donde todos comen, todos tienen educación, salud, vivienda, vestido y recreación gratuita o barata. La imposición del temor al infierno, al fin del mundo, ha dejado de asustar. Al final, valdría la pena reflexionar en un pensamiento de Eduardo “Rius” del Río que, parafraseado, dice: los evangélicos han dado un gran paso en la liberación de la humanidad al dejar de creer en santos y vírgenes. Ser evangélico es estar a un paso del ateísmo.

Carlos Enrique Fuentes Sánchez

Pedagogo y Educador, con 40 años de experiencia docente en los diferentes niveles del Sistema Educativo nacional; surgido de los barrios pobres de la Capital pero formado en diferentes departamentos de la republica. participante y decisor en procesos y redacción de documentos de trascendencia en la educación nacional en los últimos años. Asqueado de la historia de injusticia social que vive Guatemala desde la invasión Española, así como de la historia de masacres y crímenes políticos sufridos por la población, aspira a una Guatemala diferente, justa, democrática y humana, a la cual se pueda llegar por medio de una educación popular y revolucionaria, para todos y todas.

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